lunes, 2 de febrero de 2009

Las Cosas Juzgadas. Memorias de una Jueza Zacatecana

Hoy es para mí, una de las fechas que más he esperado.

Irene Ruedas Sotelo, por conducto del Señor Licenciado Juan José Márquez Valerio, Presidente de la Junta Especial Número 53 de la Federal de Conciliación y Arbitraje, con residencia oficial en Zacatecas, capital del Estado de Zacatecas, me ha hecho el honor de pedirme que venga a acompañarla ante Ustedes, a presentar el fruto de su esfuerzo al hacer la vida: el texto “Las Cosas Juzgadas, Memorias de una Jueza Zacatecana”.

Mi amigo Márquez Valerio me habló un día del texto y me preguntó que si podría acompañarlos. La respuesta es tan obvia, que la omito. Aquí estoy.

Si bien esperé con ansia la llegada del libro, me imagino que a la Lic. Irene la debe haber estado quemando por dentro la zozobra que en algún momento sienten quienes se avientan al ruedo de la vida, la interrogante eterna: ¿Cómo recibirán mi trabajo?

Lo recibí, mi esposa aquí presente me hizo la inmensa caridad de dejarme en un café mientras ella hacía múltiples vueltas y cuando dos horas después regresó… ya lo había terminado la primera vez. Le escribí un mensaje de esos que ahora se usan, en la computadora, comentándole que lo había terminado y que mi esposa ya lo estaba leyendo.

Al día siguiente tuvimos la oportunidad de conocer a la autora.

Aquí es donde se van a apartar mis pensamientos de aquello para lo que fui convocado.

Trataré de reencauzarme.

El texto “Las Cosas Juzgadas, Memorias de una Jueza Zacatecana” es uno delicioso, con una narrativa fluida, con comentarios que esbozan su carácter, con recuerdos que al trasmitirlos, se vuelven actuales.

Podría decir que está compuesto de 209 fojas, palabra que los abogados usamos y que es tan sólo reminiscencia de un latín que está en franca agonía pero que cómo nos encanta mantener con vida.

Puedo, también, decir que está compuesto de veinticuatro capítulos con unos nombres muy ingeniosos.

Es válido asentar que lo adorna un prólogo muy bien escrito, que en nada desmerece ante la calidad del fondo.

Pero voy más allá.

La tarde que acudimos a conocerla, encontramos a una mujer, en toda la extensión de la palabra, que es mucho más de lo que pretende mostrar en su obra.

Ante quienes he tenido oportunidad de hacerlo, he comentado que en mi opinión, ni la inteligencia, ni la torpeza, ni lo noble de la cuna, lo que no implica dinero, que sólo sirve para comprar cosas que no sirven, guardan relación alguna con la cuestión de género.

He tenido el gusto de tratar hombre y mujeres, muy inteligentes, como he debido soportar hombres y mujeres, francamente zafios y que resultan el máximo fastidio para el espíritu.

Vengo ante Ustedes a publicar, es decir, a decir a los cuatro vientos, que la persona que ahora acompañamos, es un diamante ya pulido por los sinsabores de la vida, que ha crecido en su interior al grado de que proyecta la paz y plenitud que sólo quien está en armonía con su ser, es capaz de hacer.

Empezamos a platicar y comentó algunas de las anécdotas que aparecen en su libro. Creo que le queda mejor la plática informal, entre amigos, que lo que quedó en blanco y negro, en letra de imprenta. Y conste, ésto es de lujo.

Nos deleitó un buen rato, largo, con andanzas de esas que sólo quien tiene sosiego en el alma y la plena seguridad de su ser y valer, es capaz de contar.

Las horas se fueron volando, si me es permitido usar ese lugar común. La plática, exquisitamente aderezada, es motivo suficiente para rendir pleitesía a la amistad, al elogio de la inteligencia, a la valía de un ser humano de primera clase.

Pero no quiero dejar inconcluso lo que empecé hace varías líneas.

Mi amigo, el Presidente de la Junta Federal, me ha hecho un regalo del que tal vez no esté consciente: me ha brindado la oportunidad de conocer a la Licenciada Irene Ruedas Sotelo, que inició su vida, como ella misma lo ha dejado impreso, siendo rechazada, que tuvo por mentor a una mujer, su Madre, que le ayudó a llenar sus alforjas de conocimientos, los que aún cuando ella no lo haya digerido aún, son los que le han valido permanecer en la lucha del día a día.

Mi amigo Márquez Valerio me ha introducido al fascinante mundo de una Jueza que a pesar de aún no contar con cédula profesional, ya estaba lidiando contra viejos lobos de mar, que sin exigir la muelle vida a que se supone los Jueces deben aspirar, si supo establecerse por su cuenta, con independencia, con seguridad en su ser, decir y actuar.

Es menester aclarar que los ascensos que dice tuvo en su vida, obedecieron a lo que ahora los expertos denominan capital humano, lo que en pocas palabras significa capacidad.

Y con esa capacidad, ha sabido rodearse de gente de gran valía, tanto, que cuando trataron de infligirle una afrenta, supo defender con gallardía, pundonor e inteligencia, lo que había sido producto de su afán en la vida: el muy Honroso cargo de Magistrada.

Quienes de algún modo hemos estado cerca de la función de procurar y administrar justicia, sabemos que es en la casa del justiciante donde se cometen las peores injusticias. Sabemos que no es el acierto el que se premia, si no que se castiga el error. Muchas veces, el error no es tal, pues cuando se está en la posibilidad de decir el derecho, siempre queda una de las partes insatisfecha con el resultado.

Y es lógico. De ahí el cuestionamiento que en su fuero interno eleva la C. Magistrada y que luego plasma en la obra que nos ocupa: ¿Quién soy yo para juzgar a los demás?

Y tiene razón. Sentirse con los tamaños suficientes, pensar que uno es capaz de decidir el destino de los demás, es un ejercicio mental que se aproxima y con mucho, al peligro de pensar que se tiene la capacidad para condenar, ya vidas, ya patrimonios, sin ulterior recurso.

Debemos recordar que en nuestro sistema jurídico los jueces y magistrados de primera instancia tienen siempre la opción de que sus fallos sean revisados por un tribunal superior, colegiado las más de las veces, que está en la posibilidad de enmendar los errores que detecten.

¿Y cuando el justiciable no recurre el fallo que le priva de la libertad o de sus bienes? Es una posibilidad, remota, pero que existe.

Aquí es donde se eleva el valor moral del juzgador. Emitir las sentencias de tal manera que sienta que su esfuerzo, ha sido en la medida del máximo de sus posibilidades.

Irene, a quien esta noche acompañamos, ha dejado plasmado en su texto, lo que para ella ya es cosa juzgada. Ha dejado por escrito, la trayectoria de una vida que ha debido sobreponerse a conflictos y adversidades que a otro cualquiera, le hubieran sido suficientes para arredrarse y abandonar la senda.

Irene, la Mujer, la Amiga, la Jueza, la Magistrada, a quien hoy acompañamos, es más, mucho más de lo que ha puesto en blanco y negro y que ahora nos permite conocer.

Irene es la suma de lo que ha debido sortear y además, es el crisol de todo lo que ha sabido recoger de la vida: las experiencias que a unos lastiman y empequeñecen y que en su caso, sólo le han servido de acicate para alcanzar mayor estatura.

Creo haber expuesto ante Ustedes, más que la crítica del texto de Irene, mi sentir de la Mujer que hoy presenta ante Ustedes un texto que ojalá tengan oportunidad de ver, de disfrutar, de analizar y que cada uno, en su fuero interno, juzgue “Las Cosas Juzgadas”.

Gracias.

José Manuel Gómez Porchini.
Mexicano. Abogado.

Monterrey, N.L., 31 de octubre de 2007.

Comentarios: josegomezporchini@gmail.com

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