sábado, 21 de febrero de 2009

Las molestias en casa

El recinto más sagrado para el hombre siempre ha sido su casa. Es el lugar a donde lleva a su esposa, donde convive con sus hijos, donde recibe a sus amigos, donde pasa sus tiempos.

En casa tengo mis libros, mis discos, mi armonía con el mundo y mi paz interior.

Lo menos que espero es que así como yo respeto el hogar de los demás, así los demás respeten mi casa.

Sin embargo, déjeme contarle que en virtud de los nuevos medios de comunicación, de las nuevas formas “agresivas” de ventas, de la falta absoluta de probidad de quienes de algún modo obtienen nuestros datos, ahora la información se vende en el mercado para que miles tengan acceso a sus datos.

De ahí resulta que ahora, a toda hora, tengo correos electrónicos de los denominados “spam” en referencia a aquella cosa amorfa que les daban a los soldados norteamericanos en las guerras, correos que si bien, son intromisiones en nuestra tranquilidad, uno está en posibilidad de desecharlos sin mayor trámite que un simple “click”.

Lo que no podemos dejar de atender, son las llamadas personales a la puerta y las que se reciben vía telefónica.

En la puerta, tenemos vendedores de todo tipo que acuden a ofrecer desde sillas metálicas en abonos hasta convertirnos a la mejor religión del mundo. Claro, es tan fácil como decir no y normalmente se alejan.

¿Pero cuando es una llamada telefónica que se ofenden si les cuelgan y siguen llamando? ¿Qué hacer con las intromisiones de los vendedores y cobradores de todo tipo de tiendas y bancos, sobre todo bancos, que hablan a toda hora para ofrecer sus tarjetas de crédito o para recordarte que “mañana vence el pago de su tarjeta”?

Si les cortas la llamada, vuelven a hablar y se ofenden. Si les contesta un menor, lo intimidan para que localice a su papá o a un adulto, sólo para decir que: -“se ha ganado Usted el derecho a disfrutar del excelente servicio de una nueva tarjeta de crédito”-, cuando lo cierto es que no deseas nada.

Cierto, ahora nuestros legisladores han aprobado una nueva ley que consiste en que vas e inscribes tus datos en un listado nacional de números a los que no deben hablar los dichos tipos, pero que en la práctica sirve lo mismo que las arengas del líder de la O.N.U., una prédica del Papa o la sillita de Mafalda. Para nada.

De hecho, corre la voz que ese listado ya lo tienen los vendedores para ofrecer sus servicios.

Haga Usted de cuenta que se creara un listado nacional de personas que no deseen ser asaltados, violados, golpeados, vejados por una autoridad o sujetos al escarnio público. De nada serviría.

Yo, en lo personal, cuando tengo tiempo trato de divertirme con esos sujetos que están invadiendo la privacidad de mi hogar. Los dejo en la línea, les pongo música de fondo, realizo mis actividades y el tipo ahí, fiel a su empleo.

Les pido me indiquen su nombre completo, sus horarios de labores, les ofrezco se conviertan a una religión presocrática, con tintes hindúes y mística medieval, a cambio de escucharlos. Algunas veces, me han colgado el teléfono, no sin antes proferir algún insulto.

Y créame, yo me río.

Así se han de reír los dueños de los bancos cuando les exigen una cuota mínima de llamadas. Así se han de reír los dueños de las compañías de celulares cuando les llaman la atención a los que dejan perder una cuenta. Y así han de sufrir los pobres empleados que sin tener conciencia de lo indigno que resulta, realizan las llamadas que invaden mi privacidad.

¿Qué me aconseja Usted? ¿Qué debo hacer?

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada