martes, 10 de febrero de 2009

Para ser un ciudadano del mundo.

He tratado siempre, cuando abordo un tema, de poner en claro los conceptos principales a desarrollar para que pueda existir continuidad de parte del lector y no se pierda entre palabras que no pueda yo explicar o que le resultan ajenas. Hoy no ha de ser la excepción.

En primer término, debemos entender como ciudadano, según la Real Academia Española de la Lengua, en su tercera acepción: “Habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”. Es decir, de entre las definiciones que utiliza la que más podría servirnos es la que describe al ciudadano como sujeto de derechos políticos y en consecuencia, sin que así lo asiente la Academia, con las obligaciones inherentes a dicha calidad.

La primera definición de ciudadano es la que se refiere al habitante de una ciudad. Tanto para la Academia como para el sentido común de la gente, ciudadano es el natural de una ciudad.

Debemos recordar que en la antigüedad, no existía el concepto sociológico de nación, sólo el de ciudad y así fueron las primeras ciudades-estados, como Ur, las de la antigua Grecia, Roma, Babilonia y demás ciudades que de alguna manera influyeron en el desenvolvimiento de la cultura occidental.

Capítulo aparte y sin explorar, es el relativo a la civilización oriental. Mención independiente deberían recibir los Incas, Aztecas, Mayas y demás, pero nos perderíamos en conceptos que sólo abundarían en lo que se trata de demostrar.

Ciudadano es aquél, hombre o mujer, que pertenece a un conglomerado social y está en aptitud de intervenir en todo tipo de asuntos inherentes al manejo de los destinos de su pueblo, tierra o nación.

En algunos pueblos podrán exigirse mayores requisitos que en otros para desempeñar a cabalidad tal calidad, pero en esencia, con tener la mayoría de edad y no haber sido condenado por delito intencional, se puede aspirar a dirigir los destinos de un territorio o estado o nación.

Cierto, cada pueblo en la historia ha fijado los límites de aquellos que pueden aspirar a regirlos, yendo desde el que sea requisito ser hijos del sol, como los incas o los nipones, hasta quienes exigen una cuota de sangre y valentía ajenas al común denominador de la gente.

Pero en la actualidad se parte del principio de que existe lo que se denomina nación, que no es otra cosa que la casa común para una sociedad que coincide en costumbres, ritos, historia, sentimientos y leyendas, entre otras cosas.

Así, tenemos mexicanos, argentinos, españoles, brasileños, japoneses, ingleses y tantas y tantas nacionalidades más.

De hecho, la mayoría de los conceptos provienen de mediados del siglo pasado, pues el siglo XX fue pletórico de cambios que modificaron la geografía política y social de nuestro planeta.

Y precisamente esos cambios son los que dan origen al concepto que ahora buscamos desentrañar.

¿Qué implica ser ciudadano del mundo?

Si ya sabemos que al mundo entero, aquél lugar sin final al que los marinos de apenas hace quinientos años temían, lo hemos reducido a un pueblo o aldea en la que todos están enterados de lo que hacen los demás, precisamente en virtud de la maravilla que ha modificado los tiempos, es decir, las comunicaciones, ahora se aparta de lo normal reducir nuestro estado de ciudadanos a un país o región determinados.

Ya no podemos decir como antaño dijeran nuestros padres y abuelos, que lo que sucediera allende nuestras fronteras no habría de afectarnos, pues ahora, mal se toma la determinación de desconectar a una italiana de los sistemas que la mantienen con vida, que el mundo entero elevar sus protestas por lo que denominan crimen, mientras que para otros, que siempre habrá quien disienta de nuestras ideas, la decisión adoptada es la más correcta.

Cuestión de enfoques.

Antes, privar de la vida a un hombre implicaba un homicidio y así lo aprendimos en las escuelas de derecho y en la vida.

Ahora, si el hombre pertenece a un ghetto, si es de una raza o color o ideología distinta a la nuestra, si aún no nace o ya está viviendo de más, si no es productivo o si su género es distinto al nuestro, bien podremos privarlos de la vida casi sin sanción, pues sólo haríamos una “limpieza étnica”, según han manifestado algunos de los grandes genocidas del mundo.

Y, no se vale. La vida de un hombre, la vida de un ser humano ha de ser preciada a los ojos de los demás habitantes de esta aldea global, como lo han demandado pensadores de la talla de nuestro inmortal Benito Juárez, cuando sentenció que: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Si vemos con detenimiento, los avances de la humanidad siempre fueron en pro de alguien, perfectamente definido y sin la ulterior intención de que los demás se beneficiaran.

Así, quien descubrió el fuego pensó usarlo para su beneficio, si bien la leyenda de Prometeo aclara que fue un regalo para los hombres, es decir, para la humanidad.

Ahí se dio un ejemplo de globalización.

Luego, los descubrimientos científicos de la edad antigua, cuando los griegos y romanos iban encontrando utilidades nuevas a lo conocido, también fueron sirviendo a la humanidad toda. Claro, el cero que los mayas desarrollaron lo conocieron los árabes hasta después del descubrimiento de América.

El caballo y la vaca, tan populares en Europa, sólo establecieron sus reales en estas tierras hasta después de que llegara el hombre blanco.

El tabaco, el cacao, la flor de Nochebuena y muchos otros regalos del nuevo continente al mundo, se dieron precisamente de la unión de dos mundos.

Al tiempo, Fleming, Pasteur, Edison y muchos más, fueron convirtiendo al mundo en un lugar mejor precisamente con sus aportes, hasta llegar al momento en que se proclamó la frase: “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”, pronunciada por Neil Armstrong, primer hombre en pisar la luna.

De ese momento a la fecha, se dieron las comunicaciones por cable, la Internet, la globalización en todo su esplendor hasta llegar al momento actual, en que más tarda una nota en producirse, que los medios de comunicación ya la hayan difundido por el mundo. Se acabó la privacidad. Se terminó el ocultarse para hacer las cosas. Ha cambiado la forma de atender a los demás. Es otro mundo.

En ese mundo, el ciudadano ha de insertarse. En este mundo de ahora, el ciudadano ha de preocuparse por el mundo todo, tal como aparece en la CARTA ECOLOGICA DEL JEFE INDIO SEATTLE, AL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMERICA, texto conocido como: “Después de todo, quizá seamos hermanos” o más recientemente, en los términos en que el actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO "CHICO" BUARQUE, contestó cuando le preguntaron qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonía. Es una respuesta que vale la pena conocer.

El nuevo ciudadano del mundo ha de preocuparse por la aldea global, ha de tener su mirada puesta en que lo que a alguno afecte, a todos nos lastima.

El nuevo ciudadano del mundo no es del futuro.

Es el presente que ya nos alcanzó.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Licenciado en Ciencias Jurídicas por la U.A.N.L.
Maestro en Derecho Constitucional y Amparo por la U.A.T.
Socio del Colegio de Abogados de Monterrey, A.C.
Miembro de número de la Academia Mexicana de Derecho del Trabajo y de la Previsión Social.
Catedrático de licenciatura y posgrado en la Universidad del Valle de México, Campus Monterrey.


Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com
www.mexicodebesaliradelante.blogspot.com/

Monterrey, N.L., febrero de 2009.

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