miércoles, 4 de febrero de 2009

Generar Derechos.

La costumbre se hace ley, reza el dicho popular. Efectivamente, costumbre es la forma habitual de hacer algo, según los que saben del tema.

Y cuando algo se hace de la misma forma muchas veces, primero, se hace costumbre y con el tiempo, se convierte en ley, pues debemos recordar que la ley no es más que una simple manifestación de los deseos y necesidades del hombre, y si el hombre la va creando, el mismo hombre debe hacerla cada vez mejor.

Pero antes de tener una ley, primero debe crearse una costumbre. Y las costumbres, no son más que conductas que se van permitiendo, a favor de alguien y en perjuicio de alguien más.

Lo que para Usted es benéfico, lo es, precisamente por que aporta algo en su favor, algo que quien lo cede, tal vez no sea su intención hacerlo.

Lograr empatar siempre que lo que se ceda sea igual a lo que se logra es el ideal del derecho.

Si Usted un día permite que alguien haga algo, lo que Usted quiera, que le lastima pero Usted no dice nada, lo aguanta, al cabo que qué tanto es tantito, al otro día el ofensor habrá de repetir el acto, ya con la plena seguridad de que Usted lo soporta y un día después, se lo van a exigir, pues Usted siempre lo ha permitido. Así es como se origina una costumbre y a la larga, una ley.

Al haberse creado la ley, le genera a Usted el derecho de acción frente a los demás para exigir esa conducta que Usted inició soportando o requiriendo, según sea el caso.

Y por supuesto, una vez que es ley, se erigen los doctrinarios a defenderla “pues así debe ser” y entonces, ve Usted que no hay posibilidad de cambiar el estado de las cosas, así sea que Usted tenga una mejor forma de hacerlo, algo más nuevo, más moderno, más simple, más humano.

A alguien se le ocurrió que sólo si Usted es el afectado directamente puede Usted recurrir a la autoridad a hacerle saber de lo que le duele y hemos llegado a los límites en que estamos, pues si Usted se queja de algo, le dicen de inmediato: Usted no tiene interés jurídico en tal o cual cosa y por ende, nadie le hace caso, hasta que Usted toma la justicia en su propia mano y entonces sí, todos van a atacarlo: hubiera esperado los tiempos de la ley, hubiera respetado la forma legal de hacer las cosas, hubiera…, hubiera…, cuando Usted sabe y se da cuenta que nadie le atiende.

Luchar por impedir que una costumbre se convierta en ley, cuesta mucho. Así sea un gobierno el interesado en negar ese derecho que ya pretende hacerse valer, cuesta mucho y no precisamente en dinero, si no en conductas de la autoridad y de los gobernados.

Voy a tratar de explicarme y utilizar un ejemplo que a Usted le quede perfectamente claro.

Usted sabe y le consta que uno de sus vecinos se está robando, pues ese es el término correcto, la energía eléctrica o el servicio de cable o de teléfono o de agua o cualquier otro de los cotidianos.

Si Usted lo reporta a la autoridad, le van a decir a Usted que quien debe presentar la queja o denuncia es el apoderado o representante de la compañía, el que por cierto, tiene tantas ocupaciones que su queja no puede atenderla. Y entonces, Usted considera que es válida la costumbre de robarse los servicios por los que todos deberíamos de pagar. E incurre en la misma conducta, al cabo para eso está la frase: ¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, Señor. Es decir, la culpa se diluye entre todos y ninguno es responsable.

Por el contrario, cuando la autoridad es la que está interesada en que no se generen derechos, entonces ataca con todas sus fuerzas a quienes pretender generar esos derechos.

Y ahora, uso un ejemplo que duele mucho, pero mucho más que los recibos de luz y agua y teléfono y demás.

Me refiero a los derechos que generan, conforme a las leyes, las personas que desempeñan un trabajo válido, un empleo remunerado, un servicio personal subordinado y directo en beneficio de un patrón pero que por esos vericuetos del destino, existen algunas trampas de la ley para no respetarles sus derechos ya generados y que incluso, dichas actitudes son defendidas y aceptadas por las autoridades.

Ejemplos. El trabajador que bajo la indefendible figura del “outsourcing” realiza funciones para un patrón pero es otro el que le paga y se asume como titular de las obligaciones, cuando lo cierto es que generalmente el segundo no tiene en qué caerse muerto.

Otro caso. El patrón que según “para no cargarle la mano” al trabajador, lo da de alta con una cuota menor ante los diversos sistemas de seguridad social y le completa el salario real mediante figuras jurídicas inciertas como “bonos de puntualidad”, “premios por asistencia”, “incentivos por metas cumplidas”, “vales de comida” o cualquier otra denominación que se le trate de dar, que de todas formas es esquilmarle al empleado aquello a lo que verdaderamente tiene derecho, es decir, le quitan un derecho ya generado.

O más aún, cuando un nacional de cualquier país, de cualquiera, cruza las fronteras para ir a hacer la vida en tierras ajenas y entonces, aparece un patrón que lo contrata, sabiendo que no lo puede dar de alta ante la seguridad social de ese su país, ya que al saber que es ilegal, habrá de aceptar salarios más bajos y sin que pueda válidamente el obrero generar derechos, salvo su propio sueldo, por lo que la forma en que está estructurada la ley en todos los países, torna en ilegales a quienes sólo van en busca de una oportunidad de desempeñar un empleo, de quienes tratan de allegar a sus casas las viandas que a diario han de consumirse, dejando en ello la vida sin expectativa de seguridad social alguna.

Este último ejemplo duele y mucho. Ver a un trabajador correr los años sin expectativa de alcanzar la denominada “Reina de las prestaciones laborales”, la jubilación, es para poner a pensar a los legisladores de cualquier país.

Estar ciertos de que se están cometiendo injusticias y dejarlas pasar, “pues de lo contrario generarían derechos que no podríamos concederles”, aparte de cínico, es vergonzoso.

La forma de lograr que existan esos derechos ya está planteada y en espera de que alguno de nuestros legisladores lo haga valer. Por supuesto, lo pongo a sus órdenes.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini

Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

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