miércoles, 28 de enero de 2009

Del peor de los pecados

La envidia siempre es mala consejera, reza el adagio popular. Efectivamente, cuando menos yo, aprendí desde niño que existen 7 pecados capitales, según la Iglesia Católica, y a cada uno de ellos se le opone una virtud: contra orgullo, humildad; contra codicia, generosidad; contra lujuria, castidad; contra ira, mansedumbre; contra gula, templanza; contra envidia, amor fraterno; y, contra pereza, diligencia. Esos pecados y virtudes pueden llamarse actitudes: unas positivas y otras, negativas.

Si los revisamos con detenimiento, al cometer los pecados asentados, quien los comete disfruta, a excepción de aquél que comete el peor de los pecados: La Envidia, que además, es la peor actitud del hombre.

El orgullo, cuando se entiende como la voluntad pinchada, es decir, cuando se ha zaherido nuestro amor propio, no llega a ser pecado. Se convierte en el máximo motor de la voluntad. Sin embargo, cuando alcanza tintes ridículos, cuando se cree haber descubierto el hilo negro y eso lo lleva a perder el piso, entonces tenemos el pecado que condenó a Luzbel.

Si Usted acumula bienes sin ton ni son, los va a disfrutar, aunque no le sirvan para nada. En eso estriba el pecado de la codicia o avaricia: en no aportar a los demás.

De la lujuria, mejor ni hablamos. Es un pecado precioso. Lo malo es cuando lo pescan. Le cuesta cuando menos, un reloj o un coche nuevo.

En el pecado lleva la penitencia, es una frase muy manida y que se convierte en la más sabia de las sentencias, al referirnos a la ira: El que se enoja, pierde. No se vale enojarse. Hacer como que nos enojamos y lograr que se enoje el contrario, es lo aceptado.

Si Usted come de más, le cuesta, lo disfruta y al final, habrá de darse cuenta que cayó en el pecado de la gula. Además, se enferma del estómago y eso, es suficiente para no incurrir en dicho pecado.

La pereza… aquí sí que tenemos un pecado de primera calidad. Cuando se comete, se disfruta al máximo. Malos los arrepentimientos, pues es sabido que: “el tiempo perdido lo lloran los ángeles”.

Sin embargo, la envidia, el pecado que consiste en desear lo que tienen los demás, en sufrir por que quienes están en nuestro entorno obtienen triunfos, es un pecado que además, debería ser delito.

Lamentablemente y ojalá Usted me de la razón, la envidia es el pecado que más se comete en nuestro México.

Envidioso es aquél que no fue capaz de practicar para la justa deportiva y el día que otro mexicano gana, lo critica sin fundamento. Envidioso es aquél que pretende destruir lo bueno hecho por alguien, en vez de aplaudir los esfuerzos ajenos y apoyarlos.

Tal vez en nuestro fuero interno, seamos envidiosos de manera atávica. Tal vez fue lo que aprendimos en nuestra escuela y no lo hemos podido superar. Tal vez. Sólo tal vez.

Ahora bien, le pregunto a Usted y me pregunto yo mismo: ¿Qué podemos hacer para que nuestro querido México, si es que realmente lo queremos, logre salir adelante?

¿Cómo debemos superar esa envidia que nos corroe, que nos impide apoyar al hermano que triunfa, al compañero que progresa, al nacional que destaca, al político que ganó?

¿Porqué hemos de desvirtuar los logros ajenos diciendo: -yo lo hubiera hecho mejor-, cuando lo cierto es que Usted no ha hecho nada por progresar?

¿Qué cualidades debe tener el que logre destacar en nuestro medio?

Hace mucho ayeres me tocó presenciar la entrega de los premios Tony, que es el equivalente al Óscar, pero en teatro, y tuve oportunidad de escuchar el discurso del polaco que ganó, cuyo nombre no recuerdo.

Él dijo que le agradecía a su familia, esposa, hijos, productores, etc. Pero lo que más me marcó, fue cuando dijo que le agradecía a América, es decir, a los Estados Unidos de Norteamérica, nuestro vecino al norte, por haberle dado la oportunidad de triunfar.

Contó que recién llegado, sin dinero, ni fama, ni fortuna alguna, se dirigió a trabajar en los teatros, lo único que sabía hacer y ahí encontró seres humanos maravillosos. Vieron sus compañeros de trabajo que tenía cualidades y lo empezaron a proyectar, lo apoyaron, lo cobijaron, lo protegieron y efectivamente, logró triunfar.

Por eso, él quería agradecer a la gente de América, así lo dijo, y destacó que en su tierra natal, Polonia, hubiera obtenido sólo ataques, descrédito, envidias y demás sentimientos negativos.

Por eso he venido pensando que la envidia es el peor de los pecados. No lo disfrutas al cometerlo, ni lo disfrutas al recordarlo. Los demás, creo que sí…

En ningún momento he considerado que “el sueño americano” sea la forma de salir adelante. Vamos, existen tantas taras en Estados Unidos de América, como en cualquier otro país. O en cualquier otra región.

Ahora bien, me ha tocado saber de mexicanos excepcionales que han tenido que abandonar nuestras fronteras para alcanzar los logros que aquí, les hemos restado. Fernando Valenzuela, “El Toro de Etchouaquila”, el máximo pitcher de grandes ligas, que obtuvo el apoyo y cobijo de todos quienes se fueron cruzando en su camino. Rosario Marín, que llegó a ser Tesorera de Estados Unidos de América y cuya firma aparece en los billetes americanos, los llamados dólares. Lorena Ochoa, campeona del mundo en golf. Los grandes cineastas que acaban de obtener reconocimientos de primer nivel y que han sido arropados por la crítica mundial. Y por supuesto, Elsa García Rodríguez, la gimnasta regia que ha acaparado todos los titulares de prensa, pero sólo a raíz de sus triunfos en Europa. ¿Qué nos costaba apoyarla desde aquí? ¿Para qué esperar?

Sin embargo, lo que pretendo que analicemos juntos, es lo relativo a la envidia.

Cuando Usted hace algo, lo que sea, y se siente orgulloso de su logro, no falta el envidioso que pretende desacreditarlo sin fundamento pero sí con ataques e injurias. Con críticas sin sustento, con diatribas que ofenden y obligan a abandonar el camino.

Cuando Usted empieza a destacar, en cualquier área de la vida, de inmediato surgen los detractores gratuitos que de entrada, lo acusan de lo que sea, sin base alguna y si más adelante logran acreditar algo que sea cierto, no se desdicen, sólo se limitan a justificar su dicho: -te dije que además, era ratero, (o drogadicto, o mentiroso, o corajudo, o lo que sea)-.

Envidioso es el funcionario de gobierno que impide que se abra un negocio, planteando innumerables trabas, pues sabe que él nunca lo va a lograr; envidioso es aquél que cuando compite y pierde, siempre arroja la culpa a los demás -el otro le dio dinero al árbitro, tuvo más preparación que yo, él si tiene maestro, etc.-.

Hace tiempo, tomando clases de Oratoria, mi Maestro, Darío Martínez Osuna, nos decía: No se quejen por perder ni le echen la culpa a los demás. Sólo cada uno de Ustedes es responsable por haber ganado o perdido. Si ganaron, Ustedes hicieron las cosas mejor. Si perdieron, el otro algo hizo mejor que Ustedes: o es sobrino del jurado, o les dio dinero, o los amenazó, o algo hizo que Ustedes no. Simplemente, estaba mejor preparado que Ustedes. Lo que tienen que hacer para ganar, es hacer Ustedes cada vez mejor las cosas, siempre dentro de lo que sea legal. Un triunfo fuera de la ley, es para avergonzar, no para presumirse.

Y si, he tratado de hacer cada vez mejor las cosas. En mi trabajo, ante Ustedes, en mi casa, con mis amigos.

Y si, también he tratado de no sentir envidia por el logro ajeno. Lo correcto será, hacer mejor las cosas que los demás. Sólo así, seremos mejores contra nosotros mismos, que es la única forma de llegar a ser mejores que los demás.

Y sí, he tratado de aplaudir los logros de mis semejantes cuando los he visto.

Vale la pena.

Me gustaría conocer su opinión.

José Manuel Gómez Porchini.
Publicado el 04 de julio de 2007 en El Porvenir en la siguiente dirección:

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