domingo, 20 de febrero de 2011

Día de la Bandera.


¡Firmes, ya! ¡Paso redoblado, ya! Como si fuera hoy, recuerdo perfectamente que hace muchos, muchos años, en 1970 para ser exactos, tuve el orgullo por mis calificaciones de pertenecer a la escolta de la Bandera en la Escuela Adalberto J. Argüelles Matutina, en Matamoros, donde crecí.

Imelda Ambríz, Vicente Torres, Juan Sada, Santiago Saldívar, Raúl Correa Nieto y quien hoy escribe obtuvimos en el quinto grado las mejores calificaciones en los concursos y nos ganamos, a mucha honra, el derecho de pertenecer a la Escolta de la Bandera.

Recuerdo claramente a los maestros impartiendo clase y nosotros, con el compromiso moral inmenso de mantener las calificaciones pues… ¿cómo íbamos a permitir que alguien con bajas calificaciones portara la Bandera? Era un orgullo.

Tuve la fortuna y el privilegio de asistir al cambio de Bandera, pues a nivel nacional se ordenó se modificara y las Banderas que entraron en desuso, se recogieron con los más altos honores y las nuevas, llegaron con toda la ceremonia posible.

Y hoy, que de nuevo va a celebrarse el Día de la Bandera, hoy que México está desgarrado y sangrando todos los días en todas sus ciudades, veo las ofensas que nuestros gobernantes le han ocasionado a la Bandera, como mutilar el águila y traerla pegada en las puertas de los coches, para demostrar que son funcionarios, cuando la ley respectiva lo prohíbe.

O qué decir de la plasta dorada esa que parece sacada de un cuento bizarro, en el que se confunden el dorado del águila con el dorado del nopal y lo dorado de la serpiente. Es una cosa, por nombrarlo de algún modo, que ofende al buen gusto, a la esencia de ser mexicano, a la dignidad de la Bandera y por supuesto, trasgrede la ley.

Claro, como quien lo hace es el señor autoridad, no pasa nada.

Ahí, en la falta de respeto a nuestros símbolos, en la pérdida de la identidad de nuestro ser nacional, en eliminar como un estímulo a los que estudian el derecho a portar la Bandera y otorgársela a todos, según para que no se sientan mal los que están reprobados, ahí encontramos el principio de la descomposición social que hoy nos aterra.

Para mi generación y las anteriores, tal vez algunas después, portar la Bandera era un privilegio y un honor. Hoy, parece ser un estorbo. He escuchado a menores en las escuelas maldecir los honores de los lunes, al cabo que ya nadie cree en eso. He sabido que ahora la Bandera, la mezclan con otras imágenes, de toda índole, sin que nadie se ruborice.

Tal vez, algunos piensen que usar los colores patrios, los símbolos de la nación en los calzoncillos como lo hacen en otros países, que usan sus colores y estrellas en todo tipo de ropa, artículos y enseres, para familiarizar a la población con sus elementos, tal vez sea válido. Pero yo, aún soy reacio a aceptarlo.

Para mí, la gallardía que se impone al portar la Bandera, el orgullo que te genera pasar frente a toda la escuela siendo parte de la escolta, es motivo suficiente para esforzarte en los estudios.

Aún hoy, cuando acudo a ceremonias donde se rinden honores a la Bandera, donde se canta el Himno Nacional, sigo vibrando de emoción y siempre traigo a mi memoria mis días en la escolta. Marco los compases, repito las instrucciones a la escolta, estoy atento a lo que hacen pues pienso que así lo hice algún día. Tal vez ese sea mi yerro. Que mi error haya sido pertenecer a la escolta y entonces, se me despertó el nacionalismo, al amor a la patria, el respeto a sus símbolos y esas cosas que hoy, nuestros próceres procuran enviar al cesto de lo inservible, al cabo ya estamos globalizados.

Yo, en cambio, sigo soñando que mi águila vuela alto y orgullosa, que México es la nación grande y generosa que heredamos de nuestros padres y así quiero que siga siendo, que nuestra Bandera represente lo mejor de nosotros mismos y que esa herencia no se desbarate en nuestras manos y que mañana, podamos decirle a quienes tendrán la facultad de cuestionarnos por lo que hemos hecho, nuestros hijos, que la patria que tienen es la que pudimos legarles.

Quiero que sea el México de mis sueños, el que protege a sus hijos y les da libertad para ser y hacer. El México que ya hemos sido y que debemos seguir siendo.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Mexicano y además, orgulloso de serlo.









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