domingo, 14 de noviembre de 2010

Del tiempo y el espacio.

El tiempo es un recurso natural no renovable que viene en unidades similares cada día. Lo que no se utiliza de manera correcta, no puede guardarse. Cada minuto, cada segundo, debe ser bien utilizado, debe ser aprovechado. La pregunta es... ¿Conforme a los valores de quién?

No es lo mismo el valor relativo que puede concederle un obrero que sabe que su jornada completa vale un salario mínimo, a lo que el ejecutivo que calcula sus minutos por el costo de sus honorarios. A éste, cada minuto le quema en las manos y aquél, quisiera alargarlos para no llegar a su casa a enfrentar la realidad.

Tal vez, el de los minutos caros no tenga otro afán que ganar dinero que a la larga, sólo sirve para comprar cosas que no tienen valor, pues se compran con dinero. Tienen precio, pero ese, se cubre con dinero. Lo que vale, no puede comprarse.

El otro, el de los minutos largos, el que no desea llegar, aquél a quien le pesa la vida en la espalda y no sabe la razón, ese busca que su tiempo sea largo, tan largo como han sido sus sufrimientos y a pesar de eso, muchas veces lo espera una familia que lo espera, que lo busca y lo procura con amor, algo que no puede comprarse con dinero.

El espacio… si bien los espacios son fácilmente medibles, pues son terrenos abiertos que se pueden localizar hasta por satélite, también es cierto que su valor es tan relativo que depende de múltiples variables para determinarse.

Cuenta la leyenda urbana de la reunión aquella en la que se encontraban los máximos terratenientes de Estados Unidos y cada uno contaba de sus miles de acres diseminados por todo el territorio. De repente, al llegar con uno de los Rockefeller y cuestionarlo, dijo: -sólo tengo diez hectáreas, pero en el corazón de Manhattan.

Y sí, sus predios superaban con creces cualquier otro.

Con un terreno en la isla más cara del mundo y todo el tiempo para disfrutarlo, ¿Qué puede distraerte? Igual. Si estás a la vera de la playa, sin dinero y como nativo, tienes todo el tiempo del mundo y un predio que te permite disfrutar una vida sana, pescar a tu gusto, levantarte a tus horas y alimentar a tu familia. La diferencia es que el de Manhattan tiene todos los males del mundo y el otro, no sabe lo que es la enfermedad.

¿Hasta dónde es válido luchar por nuestro tiempo, por nuestro espacio? ¿Cuándo vamos a poder disfrutarlo? Son muchas interrogantes y muy estrecho el espacio. Se acaba el tiempo y las dudas siguen.

Un abrazo!!

José Manuel Gómez Porchini

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