domingo, 14 de noviembre de 2010

De la certificación en idioma español.

Cada día que pasa me voy dando cuenta que en nuestro país, a los jóvenes pareciera que les están quitando el gusto, el interés y aún el amor por su lengua nativa, el idioma español, pues a pesar de que los que tienen la fortuna y el privilegio de estudiar en universidad, son capaces de manejar y con maestría las materias de su especialidad, a la mayoría pareciera importarles poco que precisamente para comprender los textos que han de estudiar, requieren del lenguaje escrito y verbal.

Efectivamente, cuando el alumno no es capaz de realizar una suma de manera correcta, no le permiten acreditar la materia, como cuando no se sabe las capitales de los países o las fórmulas químicas.

Sin embargo, ese conocimiento muchas veces no será significativo en sus vidas, pues el que quiere estudiar para médico, tal vez poca utilidad le represente saber el nombre de la capital de Uganda.

El idioma, el lenguaje con que comparte y trasmite los conocimientos, ese sí será para siempre parte de su vida. Y tal vez, sea el saber que menos importancia merezca de muchos de sus maestros. No encuentro otra lógica más que pensar que el maestro no corrige los yerros precisamente porque él no los identifica. He conocido maestros de primaria que le enseñan al niño que el fruto de la parra es la uba, cuando Usted y yo sabemos que se escribe uva.

Por ende, si el menor aprende mal la palabra, así será correcta, al menos para él y el día de mañana, cuando deba enfrentarse al mundo real, será obligado a corregir sus errores pero siempre a muy alto costo.

Hoy vengo a proponerle a Usted, mi querido lector, me apoye en lograr que se realice un examen de conocimientos del idioma español a todos nuestros jóvenes educandos.

Que conozcan las palabras que le dan belleza a nuestro lenguaje, que sepan de la diferencia entre la visera que nos permite resguardarnos del sol y la víscera que forma parte del cuerpo, que cuando es cardiaca, nos permite enamorarnos y nos mueve a expresar nuestros sentimientos.

Que si bien el vaso puede estar medio lleno o medio vacío, según la óptica de quien lo observe, también es cierto que el bazo ha de estar íntegro, sin daño, como víscera que es.

Existen tantas voces parecidas pero con significados tan distintos, que no es posible pretender exigirle a nadie las conozca todas. Pero sí, cuando menos, que sepan que la sima es distinta de la cima. Que ésta es la parte superior de una cumbre y aquella, la peor hondonada.

La propuesta formal es que se practiquen concursos, que se otorguen premios, que se invite a los jóvenes a escribir correctamente para que estén en posibilidad de poder expresar a plenitud sus sentimientos, sus preocupaciones, sus afanes y por qué no, también sus penas y sufrimientos.

Además, ayudarles a aprender a hablar, sobre todo en público. Que practiquen lecturas en voz alta, solos y frente al grupo.

Como Maestro que he tenido el privilegio de ser, he visto a nuestra juventud temblar al pasar al frente del salón a comentar la clase. Los que dentro y fuera del aula gritan y son líderes, demuestran pánico escénico al tratar de explicar los apuntes de clase por ellos mismos elaborados. Su vocabulario se reduce a un mínimo conformado por tres o cuatro palabras y todas, seguidas por el ya clásico wey. Si wey. No wey. Ya wey. Y creo que además, así se llaman todos.

Están en la edad en que pueden aprender. Vamos a interesarlos en el tema.

Vale la pena.

Me gustaría conocer su opinión.

José Manuel Gómez Porchini.


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