domingo, 26 de abril de 2009

Las ventajas de trabajar

Ya hemos comentado que no es lo mismo tener un “trabajo” que tener un “empleo”. Al menos, espero que Usted lo recuerde.

Ahora, ante Usted trataré de explicar la razón de por qué es mejor tener un trabajo que un empleo.

El que tiene un empleo, tiene también la seguridad de que está seguro el salario, que no debe quedar bien con nadie y si acaso, estará sujeto a apoyar a su sindicato, que es quien en muchas ocasiones le ha conseguido los privilegios de que goza.

Quiero aclarar, que en mi particular opinión, las formas de organización del ser humano, casi todas, son positivas.

Yo veo correcto que el hombre, como lo definiera Juan Jacob Rousseau, sea un ser gregario por naturaleza, es decir, que sea un ser que se congrega con sus semejantes para lograr lo que por sí sólo no podría conseguir.

Se juntó para cazar al mamut, se unió para hacer el viaje de un continente a otro y se ha reunido con sus semejantes para crear, desde la familia, célula de la sociedad, hasta el Gobierno, pasando por instituciones de servicio, sindicatos, cooperativas y cuanta forma de organización pudiera conocer.

De hecho, si repasamos en los tiempos, podremos ver que apenas hace unos cuantos instantes, en el tiempo, que el hombre ha podido organizarse.

Desde aquellos que crearon las primeras culturas, con su auge, esplendor, madurez, decadencia y posterior desaparición, como les pasó a Atenas, a Roma y por supuesto, a las civilizaciones como las de los Aztecas y Mayas, en suma, a todas las que en el mundo han sido, podremos ver que han existido formas de gobierno y uniones de personas, que siempre el hombre se ha preocupado por sus hermanos, eso si, con los elementos a su alcance en una época y lugar determinados.

Para la materia que nos ocupa, nos interesa apenas cuando el hombre empieza, a raíz de la Revolución Industrial, a formar los gremios.

Se empezaron a dar cuenta los obreros de una misma rama que juntos, podrían lograr mejores precios y oportunidades para sus productos y es así como nacen los gremios o asociaciones de zapateros, de artesanos, de mineros, de herreros, es decir, todos, de personas que tenían un oficio o arte mediante el cual podían subsistir.

No se unieron las amas de casa, como tampoco lo hicieron quienes tenían como único común denominador, el ser seres vivos, pensantes, actuantes en las sociedades pero con intereses dispares a los de los demás.

La unión quedó sólo para los que compartían intereses comunes.

Y dado que todos tenemos necesidad de trabajar, tal como ya lo hemos definido, resulta ser que se llama “uniones de trabajadores” y no “uniones de empleados” a los gremios, sindicatos, cooperativas y demás formas de convivencia humana que tienen como fin obtener provecho del esfuerzo conjunto.

Se le ha llamado Derecho del Trabajo, Derecho Laboral, Derecho de los Obreros, en suma, varias definiciones que abarcan a la protección que se otorga a la parte débil en la relación productiva, es decir, al que aporta su esfuerzo físico, no su capital monetario.

Debemos recordar también, que capital es aquello que nos permite generar riqueza. Se dice que alguien tiene capital cuando es dueño de dinero que le sirve para producir más dinero.

Pero también se denomina capital a la posibilidad de que alguien sea capaz de generar riqueza a partir de su intelecto, a partir de su esfuerzo intelectual, vamos, en cuanto más se usen las manos, menos se usa la mente y menos se gana.

A mayor uso de la inteligencia, menor esfuerzo físico y mejores ganancias. Esa debería ser la premisa válida para todos.

A pesar de lo expuesto, a aquellos que utilizan su capital intelectual, a los que producen de manera distinta al esfuerzo físico, supervisados por un patrón, no se les reconoce el carácter de trabajadores.

Se les llama “empleados de confianza”, como si la característica de los que no tienen ese mote, sea la desconfianza… Aquí debería haber una mayor reflexión, pero no es el tema.

A donde quiero me acompañe, querido lector, es a determinar que a todos aquellos que no son empleados formales de una fábrica, de una compañía, del propio gobierno en cualquiera de sus esferas, de un patrón establecido “conforme a la ley” (Ley Federal del Trabajo), no se les reconoce el carácter de trabajadores y por ende, se les niega toda posibilidad de acceder a las “prestaciones” que disfrutan los que son de desconfianza.

El empleado de la fábrica, tendrá derecho a una jornada máxima de ocho horas, a un aguinaldo anual, a un horario y sí, qué bueno.

Debemos proteger al que no sabe de la voracidad del injusto. Pero, al campesino, que empieza a trabajar cuando el sol sale y regresa a casa ya entrada la noche, al taxista que paga una renta por el coche y debe desquitarla, mediante jornadas de más de dieciocho horas diarias, al comunicador que empieza a dar noticias antes de que empiece el día y debe permanecer activo hasta ya entrada la noche, al profesionista independiente, ese que soñó que con un título profesional tendría garantizado su futuro y se sintió capaz de establecerse por su cuenta, a cada uno de los nombrados, ¿quién los protege?

Los proyectos, planes y sistemas del gobierno, ya federal, ya estatal o municipales, que son de apoyo a los que gozan de una relación laboral, se restringen a quienes gozan de una relación laboral formal y están dados de alta en un sistema de seguridad social.

¿Y a todos los demás? Al niño, al estudiante, al joven, al que se tiene que ir a otras latitudes para sacar la vida, al taxista, al taquero, a la señora que ayuda en las casas, a la madre que vende productos de puerta en puerta, convencida de que se ganará un carrazo último modelo, al profesionista, ya sea médico, arquitecto, abogado, dentista, ingeniero, veterinario, en suma, de cualquier profesión que trabaja por su cuenta, a cada uno de ellos, que sí trabajan, que sí producen, que sí participan de la sociedad, ¿quién va a brindarles los servicios de seguridad social?

Vamos, a cada uno de ellos, que para nuestro gobierno y nuestros genios de las finanzas, son desempleados formalmente pero que si se fija bien, son los que están sacando a México adelante, ¿quién habrá de protegerlos?

¿Cómo podremos lograr que todos los mexicanos, por el sólo hecho de serlo, tengan acceso a los privilegios de un empleo en razón de su trabajo?

Aquí trataré de retomar mi afirmación que da nombre a esta nota. Las ventajas de trabajar se dan cuando el hombre, léase hombres y mujeres, niños y ancianos, cultos e ignorantes, léase todos, encuentre en el esfuerzo, que es lo que implica trabajar, la posibilidad de obtener una justa retribución por ese afán.

Actualmente la gente necesita trabajar para obtener los satisfactores que antes, sin saberlo, tenía al alcance de la mano.

En el campo, que era el lugar donde residía la mayoría de la población, satisfacer el hambre era tan fácil como agarrar una gallina y guisarla, la tierra entregaba generosa sus frutos, incluyendo el maíz y frijol que constituyen la dieta básica, incluso ahora.

Para el desayuno, tan sencillo como hurgar en el gallinero y buscar un par de huevos.

La leche la daban las vacas, que siempre había cuando menos una en cada casa. No existía la pobreza extrema.

Pero los tiempos cambian y el espejismo de las grandes ciudades movió a muchos a tornar su ambiente bucólico en el trajín de la urbe, en soñar que una casa en la ciudad era sinónimo de progreso.

Y se abandonó al campo. Quedaron yermos los patios, horras las tierras y la producción de alimentos cayó.

Debemos recordar que hace apenas un siglo no existían los hospitales, como ahora sabemos que son, que no existía la expectativa de vida que ahora tenemos, que el promedio de vida era inferior a los cincuenta años y ahora excede los setenta, que los medicamentos han alargado la vida pero la pobreza ha reducido la calidad de esa propia vida.

Y aquí es donde entra lo más triste de todo. Que no ha existido un gobierno capaz, a pesar de ser una reación del propio hombre, de proteger a sus habitantes de manera cierta en contra de los avatares de la vida, de los infortunios que lleva implícito el estar vivo.

Cierto, para aquellos que disfrutan de una relación laboral formal, de los que están en un sistema de seguridad social, el peor yerro estriba en abandonarlo, si bien ello implica que esa misma permanencia en defensa de sus privilegios, implique una renuncia a la posibilidad de crecer como persona.

Vea Usted, querido lector, al taxista, cuando era empleado del dueño del taxi: jornada de ocho horas, aguinaldo, vacaciones, horas extras y demás.

¿Pensión? A veces, a cargo del Seguro Social. Eso sí, se quedaba con propinas, con lo de las “dejadas”, se le ponchaban las llantas, casi siempre, sin factura o nota, gastaba gasolina en exceso, total, la paga el patrón, en suma, lo que Usted y yo sabemos que ocurría.

¿Ahora? Ese mismo taxista renta el carro y paga una cantidad diaria por él, úselo o no lo use.

Y por supuesto, como sabe que la productividad depende de su esfuerzo, está al volante hasta dieciocho o veinte horas diarias, con apenas descansos para mal comer.

Raro, muy raro que se descomponga el carro. No produce. Eso, la verdad, no es vida.

El asalariado en el campo, igual. Sabe que tiene derecho a jornada máxima, a salario mínimo, a esfuerzo no medible.

En cambio, cuando eres dueño de la tierra, siempre tienes tiempo para atenderla y además, te das tiempo para reparar las cercas.

Los rancheros entienden de eso.

Estamos atrapados en medio de dos extremos igualmente dolorosos: el de aquél que tiene derecho a casi todo y lucha para no ser retirado y el del que no goza de derecho alguno pero es quien realmente produce.

Lo interesante, será encontrar el justo medio. Por razón de espacio, suspendemos esta colaboración.

La respuesta a lo planteado, queda pendiente para siguiente entrega, si logro gozar del favor de su atención.

Mi trabajo, será plantearlo. El suyo, ayudarme a difundirlo.

Ojalá logre interesarlo. Siempre trataré de estar dispuesto a atenderlo.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.


Nota publicada en El Porvenir en el enlace:

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