martes, 25 de mayo de 2010

Para saber qué leer.

Me preguntaba un muy querido amigo qué libros me gustaría que leyeran nuestros gobernantes.

Esta fue mi respuesta:

Cada uno habla de lo que sabe y lo que ha sido.

Si yo no conozco un libro, mal podría recomendarlo o exigirle a alguien que lo lea.

Sin embargo, la lectura es la forma de viajar sin salir de casa, de hacerte amigo de los autores y los personajes, sin conocerlos, de sufrir y gozar con las penas y alegrías de los protagonistas, a quienes te puedes imaginar a tu antojo, no como forzosamente han de ser.

Esa es una de las ventajas de la lectura.

Que puedes recrear lugares, situaciones, experiencias y toda una vida, sin haberla vivido.

He tenido oportunidad de leer varios libros, pero siempre vuelvo a lo básico.

Si no lees a Julio Verne, ¿cómo vas a tener imaginación? Nuestros políticos sólo han leído, los que lo han hecho, un libro de matemáticas y no saben pensar. Sabrán, si acaso, resolver un problema exacto, pero nunca, uno que involucre situaciones humanas.

Si no has leído a Homero, ¿cómo vas a saber de las miserias humanas y además, de lo que son capaces la generosidad y la valentía?

Para saber del amor y el matrimonio, necesitas haber leído a Gibrán Jalil Gibrán, cuando se dirige a Almitra.

Para el gobierno, forzosamente necesitas conocer a Alexis de Tocqueville, que con su "Democracia en América" sentó las bases de los países que ahora somos los americanos.

Y muchos, muchos más.

Los textos de Benedetti, que fueron lema de campaña al decir "Somos mucho más que dos".

La vergüenza ajena que nos causa a los abogados lo que escribió Don Ángel Osorio, en "El Alma de la Toga".

Claro, se debe conocer "La Columna de Hierro" de Taylor Caldwell como toda la obra de Jeffrey Archer.

En un palabra. Se debe leer.

Si Usted consigue que nuestros gobernantes lean uno, al menos y se sientan Tom Sawyer o Cicerón o Tom, el de la Cabaña o cualquiera, que les mueva la fibra sensible que hace al hombre bueno y capaz de superarse, habremos triunfado.

Vaya, que lean a Luis Spota, excepcional mexicano que con su "Costumbre del Poder" está a la altura de los mejores.

Le mando un abrazo y quedo a sus órdenes.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini
jmgomezporchini@gmail.com

domingo, 23 de mayo de 2010

Del reconocimiento del Derecho Social.

Cuando el hombre empezó a darse leyes para regir su destino, cuando se dio cuenta que necesitaba encomendar a alguien, distinto a él mismo, la solución de los conflictos y además, la organización de la casa común, es decir, de la polis o ciudad, se fue dando las leyes necesarias para su propio manejo.

De entrada, separó al Derecho Divino, al Fas, del Derecho de los humanos, el Jus.

Luego, debió manejar con cuidado y diferencia, lo relativo a las cosas penales y lo que era ajeno a lo penal. Es decir, derecho penal y otro. Tan así se manejó esa división, que nuestra actual Suprema Corte así está dividida: En la Sala Penal y la otra, la que maneja de todo, menos penal.

Sin embargo, debió clasificar también al derecho en el relativo a la actuación del gobierno o del Estado, es decir, el derecho público y lo relativo a los particulares entre sí, el derecho privado. Son la Res pública y la Res privata. Hasta ahí, todo va bien y no tenemos problemas… creo.

Las dificultades nacen cuando algunos derechos ya no caben ni en lo penal o en lo público o lo privado.

Voy a dar el ejemplo más socorrido. El trabajador, es decir, la persona que debe alquilar sus brazos, su cuerpo como fuente de ingresos, debió haber sido regido por el derecho privado, pues realiza un contrato entre particulares para rentar su fuerza de trabajo o para que alguien más lo rente a su nombre o más aún, lo venda, pues debemos recordar que antes era válido comprar y vender esclavos.

Era un negocio de derecho privado. Punto.

No podía ser de Derecho Público pues al Estado, como Estado, como Gobierno, no le interesa si Usted trabaja tantas o cuantas horas o si le pagan poco o mucho. Era de Derecho Privado.

Pero cuando surgieron esas cosas de dignidad humana, de reconocimiento a los Derechos Humanos, de darle valor a las personas, de prohibir la esclavitud, de abolir la tradición de rentar y vender esclavos, cuando ya no se pudieron vender las fincas con todo y los siervos, entonces, empezaron a cambiar las cosas.

Al Estado le interesó garantizar ciertos derechos. Nacieron como Garantías Sociales el derecho a una jornada de trabajo máxima de ocho horas, a un salario mínimo remunerador, a prohibir el trabajo de menores y otras cosas así.

Sin embargo, el Estado no puede supervisar todos los contratos de tipo social, los de trabajo, ni tiene por qué. Pero el derecho privado, el que se da entre iguales, tampoco es suficiente para dar cabida a la nueva forma de contratación, a la nueva forma de hacer la vida respetando los derechos humanos y la dignidad de las personas. No entiende el derecho privado eso de que el trabajo no es materia de comercio.

Entonces y sólo entonces, surge solo el Derecho Social. El Derecho que recoge lo que ya no cabe ni en el Derecho Privado, pues ya superó y con creces los estrechos linderos del derecho entre pares ni en el Derecho Público, cuya función es regular al Estado.

En cambio, el Derecho Social, actualmente reconocido por todos o por la mayoría de los tratadistas como conformado por el Derecho del Trabajo, el Derecho de la Seguridad Social, el Derecho Burocrático y el Derecho Agrario, al cual, es opinión de quien escribe debería sumarse el Derecho de los Migrantes, pero no de los que logran obtener documentos de identidad y se trasladan de uno a otro países protegidos por vías diplomáticas, si no, de aquellos seres que, careciendo de todo, inclusive de documentos de identidad, alguna vez fueron dueños de las tierras y ahora no pueden ni siquiera luchar por obtener su alimento.

Lo digo por los mexicanos que migran a Texas y las Californias, por los africanos que buscan en Egipto el pan o por los egipcios que en Francia pelean a muerte por su subsistencia.

Por los españoles que van a Alemania o por los polacos que no son bien recibidos en ninguna parte.

Sin embargo, es de destacar que algunas voces aún sostienen que el derecho social no tiene razón para existir. Que el Derecho Social es sólo un sueño de aquellos que no teniendo nada, pretenden vender a sus iguales un sueño posible, una ilusión de vida que les ayude a sobrellevar la que tienen.

Hay, entre los Académicos, los que sostienen que tanto el Derecho del Trabajo como el Burocrático, el Agrario o el de la Seguridad Social, deben encuadrarse en una de las dos grandes ramas que actualmente existen, se usan y son reconocidas en la mayoría de los países: el derecho público y el derecho privado.

Quien afirma que las normas de trabajo son de orden público por el interés del estado en regular la relación entre los factores de la producción, olvidan que no puede ser por decreto ni por imposición la forma de lograr la producción. Que el gobierno debe marcar los mínimos, pero no las formas para la contratación del trabajador y menos, mucho menos, lo que es la seguridad social o el derecho del burócrata. ¿Cómo va a regularlo cuando el mismo gobierno es el patrón?

También, quien decide dejar al libre juego de intereses de las partes, como todo el derecho privado, lo relativo a la Res Social o Cosa Social.

Tampoco ahí cabe. En el derecho entre pares, entre iguales, la negociación se da en relación a la capacidad, a la fuerza, a la posición de las partes. ¿En qué va a apoyarse el obrero que solicita empleo, cuando el patrón le dice: te ofrezco tanto y si no lo quieres, sobra quien lo agarre?

Imagine Usted, mi querido lector, al obrero, solo, sin sindicato ni representante ni derechos mínimos consagrados constitucionalmente, pretendiendo lidiar contra un patrón que busca la forma de no pagar, de pagar poco y además, de pagar tarde. No tiene asideras.

Por eso, ha nacido el Derecho Social. De repente, como ahí caben sindicatos y obreros y huelgas y pensiones y liquidaciones de trabajadores y además, ir a la Junta a cuantificar y las demandas y esas cosas que sólo sirven para quitar el tiempo y para hacer quedar mal a todos, la gente de bien como que no lo quiere. Sin embargo, la gente, la que no tiene apellido de renombre ni tiene la sartén por el mango, se refugia en el Derecho Social como en la única forma de lograr un equilibrio entre los factores de la producción.

En el Derecho Social encontramos el derecho a pensión, que aún no es en nuestra Carta Magna ni en la de la mayoría de nuestros hermanos países latinoamericanos pero que sería tan fácil como querer incluirla y lo podríamos lograr.

Por eso hemos venido luchando y así habremos de seguir. Defendiendo el Derecho Social como la más excelsa creación del hombre en defensa de los derechos de su hermano el hombre, para que todos puedan tener una vida digna, un trabajo decente y una vejez garantizada.

No podemos, no podríamos hablar de ubicar al Derecho Social como una rama más del Derecho Público o del Derecho Privado, por lo siguiente:

El Público se refiere a la actuación del Estado y abarca el Constitucional, el de Amparo, Administrativo, Penal, Fiscal o Tributario y en suma, todos aquellos en los que el Estado actúa con su carácter de Estado y no al nivel de particular. No se puede establecer negociación alguna con el Estado como ente supremo pues en ese momento se pierde la calidad de Estado.

En cambio, el Derecho Privado comprende el mercantil, el civil, el de familia y todo lo relacionado con las facultades del hombre en cuanto a su trato con otros hombres pero en igualdad de circunstancias ante la ley.

El Derecho Social surge de que las partes tienen características y situaciones distintas a las de la ley privada, pues no gozan de las mismas cualidades y por ende, en un verdadero análisis de la realidad, les otorga características desiguales mediante el reconocimiento de las protecciones que deben brindarse a la parte débil en la relación procesal y más aún, en la relación de vida.

Ahí está su importancia y la razón de que no sea un apéndice más de ninguno de los derechos que antes eran o fueron suficientes.

Ese es su verdadero génesis y razón de ser. La diferencia entre las partes de la situación de hecho, lo que se traduce en realidad de derecho.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

sábado, 22 de mayo de 2010

La enseñanza del Derecho.

Las escuelas y universidades de nuestro país están diseñadas para enseñar a los jóvenes el contenido de la letra de la legislación vigente, de las normas positivas y si acaso, algunas, la forma en que esas normas se crean.

Pero no existe, no al momento, una especialización en la enseñanza del Derecho que permita al estudioso buscar, desde el inicio, alguna de las formas de aplicación práctica del Derecho.

Si vemos con cuidado, Abogado es quien redacta las leyes como lo es el que procura la justicia, lo mismo aquél que trata de enseñar la materia y el otro que sólo busca dar consejo legal sin participar en el litigio.

Nuestras universidades tratan de formar al estudioso de manera tan amplia, que en realidad sólo le dan los rudimentos de múltiples materias sin haberle enseñado a profundidad ninguna de ellas. Y es un tema muy sensible.

Ahora que los años me han brindado la oportunidad de ver la forma de hacer la vida de mucha gente, he aprendido que en realidad, el producto que egresa de las universidades está aún muy tierno, que le falta especializarse y no me refiero a una Maestría o estudios más profundos. Me refiero a crear segmentos en la enseñanza del Derecho.

Algunas cuantas escuelas ya generan Abogados con especialidad en Finanzas Públicas, o Licenciados en Derecho y Banca, o con especialidad en Derecho Notarial o Agrario o no sé cuántos más.

Sin embargo, lo cierto y la práctica común es que el egresado no obtenga una especialización en materia alguna y entonces, sale a la realidad a toparse con que su preparación es deficiente y no por la falta de calidad de la escuela, sino por la falta de visión de las autoridades educativas que no han pugnado por lograr un esquema más especializado en las escuelas de Derecho.

Ahora bien, lo que sigue, es que todos juntos elevemos nuestra voz para lograr que, primero, las propias universidades y luego, ya ven cómo es de lento, el sistema logre cambiar y crear la especialización que corresponde.

Debemos luchar por lograr que las escuelas promuevan la investigación jurídica, lo mismo que las técnicas de enseñanza del Derecho o la formación de verdaderos creadores de leyes o quienes conozcan, desde dentro, lo que es laborar en los juzgados.

Quedarnos como estamos, enseñando el Derecho como lo propuso Gayo en sus muy famosas Institutas, implica quedarnos muchos siglos atrás.

Lograr cambiar la forma de enseñarlo, será nuestro mérito, de todos los mexicanos y por supuesto, vale la pena.
Me gustaría conocer su opinión.

José Manuel Gómez Porchini

domingo, 16 de mayo de 2010

Derechos de la Mujer y del Niño.

La mujer, más que jugar un papel, ha jugado un
trapo en la historia de la humanidad. Mafalda, de Quino.

En los albores de la sociedad, según los que saben, la estructura social giraba en torno a las mujeres y se denominaba matriarcado, pues la mujer era la que se encargaba del orden del conglomerado social, que era la familia básica.

Sin embargo, en algún momento el hombre se dio cuenta que era más fuerte que las mujeres y empezó a relegarlas, pues alegaba que no podían ir de caza, que no servían para la pesca y además, como resultaban embarazadas, eran inservibles para las labores del campo y todo lo que solía hacer el hombre.

Y así empezó el problema que a la fecha, aún no tiene solución. Me refiero a la discriminación de las mujeres en la sociedad actual o más bien, debería decir en las sociedades actuales pues en todas las latitudes se da el mismo fenómeno: la mujer no tiene más valor que el de ser el medio de reproducir la especie.

Sin embargo, con conocimiento de causa puedo decir que he tenido la suerte de conocer hombres y mujeres muy brillantes, capaces, con voluntad de hierro y con arrestos como de legión romana como también he conocido hombres y mujeres incultos, altamente inciviles, groseros y además, sin pizca de cultura o educación. Es decir, los ropajes intelectuales que visten al ser humano nada tienen que ver, a mi juicio, con la cuestión de género y sí, mucho, con la actitud de las personas.

Entre los griegos, los papeles en teatro que correspondían a mujeres, los realizaban los jóvenes, pues con sus cuerpos de efebos o mancebos válidamente podían adoptar el papel de la mujer, máxime que el timbre de voz aún no ha cambiado en el adolescente.

Lo anterior implica que ni siquiera el papel que le corresponde por derecho propio a la mujer, se le permitía representar.

El oscurantismo, la Edad Media, llevó hasta límites insospechados la discriminación de la mujer al permitir y propalar la creencia de que el hombre era superior, lo que puede observarse en las conductas y lineamientos dictados por quienes manejaban la vida toda.

Sin embargo, empezaron las dudas, los cuestionamientos, el no creer como verdad sabida lo que se les decía y obvio, empezó la duda metódica, el confrontar todo lo que se sabía y someterlo al tamiz de buscar si será cierto, si será válido, si será real.

Esa duda ha sido el motor de los grandes cambios en el ser humano. Ese cuestionar todo, ese dudar de todo, incluido lo que está escrito, es lo que ha llevado al hombre a las alturas en que hoy se encuentra. Obvio, hombre y mujer son dos partes del mismo binomio y por ende, no debería haber diferencia ni discriminaciones entre ellos.

Hombre y mujer, alguna vez fueron niños, por más que algunos ya hace mucho lo hayamos superado.

En homenaje a ese binomio hombre-mujer mujer-hombre, como los dos polos que por fuerza se requieren para hacer la vida, en reconocimiento a esos niños y niñas que alguna vez fuimos, debemos pugnar por eliminar todo tipo de discriminación de los niños, de las mujeres, de los seres humanos que por cualquier razón, social, cultural, étnica, racial, religiosa o cualquier otro medio de etiquetar a las personas, resultan ser diferentes a nosotros.

Son cosas muy distintas que alguien sea diferente a que alguien sea mejor.

La diferencia de calidad la encontramos en la actitud, en los sentimientos, en el coraje por hacer la vida, no en el color de ojos ni en el bronce de la piel. Tampoco en los pesos que sólo sirven para comprar cosas que la gente vende, no lo que la gente tiene.

Lo que el ser humano tiene y lo hace diferente de los demás: dignidad, honestidad, solidaridad y amor, no se venden ni por kilos ni por metros ni en litros. Se regalan. Por eso, los que sólo saben comprar las cosas, no ganárselas, no entienden el valor de actuar con el corazón.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
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jmgomezporchini@gmail.com

jueves, 13 de mayo de 2010

Día del Maestro 2010.

Pisar un aula para pretender transmitir a los alumnos lo que uno sabe o cuando menos, debería de saber, requiere de una gran dosis de optimismo, de emoción por lo que se hace, de paciencia contenida, de pasión por la enseñanza y claro, de una coraza para pretender ser serio cuando ya adivinas las respuestas, cuando ya sabes lo que va a inventar el estudiante que piensa que te va a sorprender con una nueva excusa que a lo largo de los años, has conocido una y otra vez.

Sin embargo, no siempre aparece el deseo de enseñar o cuando menos, no en forma manifiesta. Sé con toda certeza, de Maestros que desde niños jugaban a dar clases, que formaban los bancos o las sillas o los frijoles o lo que hubiera para darles clases, aún cuando no supieran ni escribir. Ese es el llamado de la vocación y si cuando crecen logran seguirlo, lo hacen con bríos renovados cada día, pues lo he visto y soy testigo de ello.

En cambio, en mi caso fue distinto. Yo quería ser abogado y lo logré. Llevé una vida de litigios y creo no haber quedado tan mal. Pero un día tuve la oportunidad de dar clases, sólo porque un Maestro faltó. Y fui y me quedé. Ya son muchos años al frente de grupo, en que los alumnos, a pesar de ser distintos, hacen y dicen lo mismo, pero siempre renovado. Ya empecé a conocer todas las excusas que en el mundo han sido, así como todos los halagos que se le pueden decir al Maestro para lograr un punto extra.

Y claro, los dejo ser. Les dejo que vayan haciendo cada uno su propia vida, que por fuerza ha de ser distinta de la mía y les permito que vayan alcanzando cada uno sus propias metas. He tratado, casi siempre, de hacerlos que busquen ellos mismos las respuestas, que es la forma mejor de que la pregunta quede resuelta, aún cuando a veces los oigo protestar, pues alegan: “Si ya se la sabe, mejor dígala”, cuando lo que se requiere es que cada uno vaya encontrando sus propias preguntas para lograr crecer como persona.

La figura del Maestro ha venido cambiando, de ser quien al frente con una cantaleta repetía los textos para que el alumno los aprendiera de memoria, a ser ahora un facilitador para que el estudiante encuentre lo que requiere.

Y sí, es cierto y válido, cuando el alumno tiene la seriedad, los conocimientos y la formalidad del Maestro. El problema de las teorías modernas se presenta cuando el alumno aún no encuentra las preguntas que quiere hacer, cuando no sabe qué es lo que va a buscar ni qué va a hacer con su vida y uno, quiere transmitirle un torrente de conocimientos que el joven se resiste a admitir pues no entiende para qué habrán de servirle. Lo viví como alumno y ahora lo entiendo como Maestro.

¿Cómo hacer que alguien entienda el valor de la opinión de los grandes Maestros del Derecho cuando ni siquiera saben que existieron? ¿Cómo interesarlos en la diferencia entre derecho positivo y derecho natural cuando no logran identificarlos?

Y no nada más en el Derecho. En cualquier área de la vida y para la vida misma. El joven tiene preguntas, cuando ya le entiende a la vida… pero, ¿y cuando aún no lo hace? ¿Cuándo ni siquiera saben qué preguntar, pero de todos modos quieren respuestas?

Ahí es cuando el Maestro se vuelve guía, mentor y amigo, cuando entiende que ser joven es ser inquieto por definición, que ser joven es pretender saber todo cuando aún no entienden ni la o por lo redondo, pero que uno debe poner cara de que lo sorprendieron, precisamente para despertar en el alumno, el deseo de seguir aprendiendo para superar al Maestro.

Y cuando uno como Maestro los ve irse, los ve triunfar, los ve lograr objetivos, cuando menos yo, siento que una parte de esos triunfos, es mía. Cuando años, muchos o pocos pero años después encuentras al alumno en la vida y lo ves convertido en una persona de bien, que te saluda con afecto sincero, entonces pienso que no importa lo que se batalle para dar la clase. Vale la pena.

Me gustaría conocer su opinión.

José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

jueves, 6 de mayo de 2010

Derecho Procesal del Trabajo. Presentación del texto del Dr. Ángel Ascencio Romero.

Quiero empezar por comentar que cuando recibí como obsequio el texto que ahora se pone en sus manos, el Dr. Ángel Ascencio Romero escribió lo siguiente: “Para mi amigo el Maestro José Manuel Gómez Porchini, amplio conocedor del Derecho del Trabajo y de quien espero sus opiniones respecto a este modesto trabajo. El autor. Rúbrica ilegible. Febrero 2008.” Esa fue la dedicatoria estampada en el libro Derecho Procesal del Trabajo del Dr. Ángel Ascencio Romero y que es en mi poder.

Esas palabras, viniendo de un Docto en la materia, de un Doctor en Derecho como lo es Ángel Ascencio Romero, a quien ahora tenemos el enorme placer de acompañar, representan un reto y un compromiso que podría decirse, va más allá de las fuerzas y los alcances de alguien que como yo, trata con mucho entusiasmo de hacer las cosas.

Varias veces empecé esas opiniones y sin embargo, los tiempos siempre lo alcanzan a uno. La dedicatoria es de febrero de 2008, que fue cuando por fin nos conocimos físicamente, pues el buen trato inició desde antes. Empezó a fines de 2007 como resultado de una nota en prensa que yo publicara y que al Dr. Ascencio le llamó la atención y me dejó un comentario, muy elogioso por cierto, en el portal del periódico El Porvenir, donde he venido escribiendo y que, obvio, contesté.

Comenzó un constante envío de notas y comentarios, que nos fueron permitiendo llegar a conocernos o cuando menos, a tener una idea de lo que académicamente vamos buscando, que no puede ser otra cosa más que avanzar aportando cada uno su propio granito de arena.

Y así ha sido nuestro trato: respetuoso, atento, académico, pero siempre amable y con la suficiente confianza como para gozar y disfrutar de la vida en unión de nuestras familias que se han conocido y hemos tenido la oportunidad de compartir muy buenos ratos y además, hemos avanzado juntos.

Ahora, tengo el honor de hacer efectivo aquél deseo del Dr. Ascencio, cuando me pidió en la dedicatoria, que le diera mi opinión respecto de su trabajo, lo que hago con mucho gusto.

Académicamente, el texto Derecho Procesal del Trabajo del Dr. Ascencio reúne todos y cada uno de los requisitos que impone la cátedra, es decir, es un texto sencillo, claro, con un lenguaje fácilmente entendible por el público a quien va dirigido, los estudiantes, pero que además, le sirve al Maestro de la materia para conducir la clase sin mayor esfuerzo.

Lo anterior, lo digo con pleno conocimiento de causa pues ya tuve el placer académico de utilizar el texto del Dr. Ascencio como libro formal en la materia de Derecho Procesal del Trabajo en la Universidad Metropolitana de Monterrey, curso del que tengo excelentes recuerdos y alumnos que ahora, que ya terminaron su carrera, me ven como al amigo que traté de ser y además, como al Maestro que ha buscado siempre lograr que el mundo o cuando menos el pedacito en el que puedo moverme, sea un poco mejor.

Aidé Elaine Maqueda Ortiz, quien fuera mi alumna en la materia, que ya salió y por tanto, ya no va buscando un punto extra, así lo dejó plasmado en el muro de Facebook: muy buen libro… ¿ese nos dio para las clases verdad?... Viene muy bien explicado.

¡Y claro que viene muy bien explicado!

Toma el contenido de la Ley Federal del Trabajo vigente en México, analiza cada uno de los principios procesales que utiliza la legislación laboral a lo largo de los Títulos Décimo Cuarto y Décimo Quinto de la ley laboral, que son los que contienen la Reforma Procesal de 1980 y detalla a la perfección el sentido y la intención del legislador en cada una de las figuras procesales a estudio.

Realiza una verdadera disección del contenido de la parte procesal de la ley obrera de tal suerte que no sólo el neófito en la materia obtiene utilidad del texto, pues aún los que ya han tenido constante contacto con la práctica forense laboral, han de encontrar respuestas a las cuestiones que a diario surgen en el litigio.

Vamos, el Dr. Ascencio utiliza el más ortodoxo de los estilos al plantear su obra y lo logra a la perfección.

Hasta ahí, tenemos suficiente mérito.

La diferencia, lo notable, es la razón de mi presencia aquí y más aún, de la presencia de muchos de nosotros.

El Dr. Ascencio, académico, formal, estudioso y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, hurga en los modernos medios de comunicación para estar actualizado.

Así se encontró la nota que publiqué hace tiempo y la leyó en internet. Se tomó la molestia de escribir para comentarla y obtuvo respuesta. Ha buscado en la red la forma de hacer más ágiles sus clases, su manejo de la investigación y por supuesto, su forma de hacer la vida.

De internet obtuvo la información necesaria para actualizar su obra y también, ha logrado impactar personas que de otra suerte no hubiera podido, como en el caso de la alumna Maqueda Ortíz, hoy brillante abogada, que sin conocerlo personalmente, le desea lo mejor y conoce su obra, precisamente porque por medio de la red se ha dado a conocer. Le deja su comentario en Facebook, una de las que ahora, los que saben, han denominado “redes sociales” y que sirven para tener un acercamiento con los demás seres humanos, para conocer gente, difundir ideas y para tener una noticia distinta de la que los medios de comunicación tradicionales y cada vez más en desuso, nos tratan de vender como si siguiéramos en la total ignorancia.

Ahí estriba el valor de las nuevas comunicaciones y el mérito del Dr. Ascencio. En que lo que antes hacíamos sólo para nosotros o para nuestro entorno, hoy trasciende fronteras, se conoce en otros lares y es objeto de estudio, aún sin que el autor haya tenido la necesidad de salir de su área.

Hoy aquí tenemos presente al Dr. Ángel Ascencio Romero, quien viene a dar testimonio de que su obra ha conseguido permear más allá de lo que pudo haber pensado, que su obra, la que él calificó de “modesto trabajo”, empieza a ser un referente obligado en la materia, tanto, que ya cuenta con diversas reimpresiones y claro, con una nueva edición, ya corregida y aumentada, depurado aquello que sin ser yerro, al autor, siempre perfeccionista, no acababa de gustarle.

Además, hoy vivimos una época en que los cambios y las amenazas al sector obrero y que es al que trata de tutelar la Ley Federal del Trabajo, pretenden minar su entereza y dejarlo a merced de la voluntad del patrón, lo que no puede ser, lo que en modo alguno ha de permitirse y que los autores y académicos, como el Dr. Ascencio, tienen la responsabilidad moral de denunciar, de hacer saber que las partes en el proceso laboral no son iguales ante la ley, pues es sabido de las enormes disparidades existentes entre el patrón y el empleado.

El patrón cuenta entre sus activos, abogados y contadores que preparan las cuentas y los textos de tal suerte, que el obrero, carente generalmente de la instrucción formal necesaria, no entiende y por consecuencia, firma lo que le es puesto enfrente, pues no está en aptitud de entender los alcances de la voluntad del dueño del dinero y de los tiempos.

El Dr. Ascencio es uno de los que han tratado de poner en blanco y negro, en papel y tinta, con letras de imprenta, el significado al alcance de todos de lo que la ley quiso decir, lo que algunas veces ni los iniciados alcanzan a entender.

Hacer que el texto de la ley sea de fácil comprensión para todos, es el mérito de la obra del Dr. Ascencio, mérito doble si se toma en consideración que el autor está al día, está actualizado en los medios de comunicación alternos que cada día se vuelven más importantes, pues hemos de tener cierto que la internet o la red mundial de comunicación, tiene alcances que nunca hubiéramos podido sospechar los juristas.

No sólo existen los delitos informáticos y la gente que busca dañar a otros en internet. Existen también, los que buscan en la red la opinión de los que ya tuvieron antes una experiencia, el dicho de los que ya saben la forma de encarar algún problema y que lo han contado de tal suerte que todo aquél que tenga acceso a internet, podrá encontrarlo, claro, sabiendo buscar.

Ese es el mérito del Dr. Ascencio. Que ha sabido buscar en el mundo de información lo que le ha servido y además, lo ha utilizado de manera correcta.

Así inició nuestra cada día más sólida amistad y así ha obtenido logros. Sabiendo que lo que existe es bueno, pero que siempre se puede buscar algo nuevo que puede ser mejor.

Esa es la labor del investigador y el Dr. Ángel Ascencio Romero, es investigador.

Ojalá hubiera muchos mexicanos más como el Dr. Ascencio.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

Día de la Madre 2010.

La Madre es la figura que sin hacer aspavientos, sin recurrir a truco alguno, tiene ganado el corazón de sus hijos desde el primer día. Y claro, resulta más que lógico, si es la Madre la que está con ellos, la que los cuida, la que convive el día entero, la que se desvive por crearles un mundo feliz, por hacerles una realidad que les permita crecer y encarar la vida, a pesar de que muchas veces la Madre deja la vida en el intento.

Como uno no es más que lo que ha vivido, que lo que ha sido, que lo que tiene, para hablar de las Madres, así, en términos generales, voy a particularizar en una que conozco.

Tina, mi esposa, es Madre de dos hijos maravillosos, nuestros hijos, que siempre han sabido que tienen quien los defienda: “-Dime la verdad para saber cómo voy a defenderte-” es la frase con que siempre los ha alentado a obrar con rectitud, pues así los ha defendido sin necesitar nunca mis esfuerzos como abogado. ¿Qué mejor abogado que una Madre en defensa de su crío?

La Madre es capaz de atender las necesidades de sus hijos, desde conseguir la pizza que el niño pide gritando auxilio, hasta encontrar el collarcito para la muchacha que cumple años, lo que, obvio, el hijo pide a las once de la noche para entregarlo a las siete de la mañana. Uno no es capaz de resolver un problema de esa magnitud.

He tratado también, de inculcarles que a su Madre habrán de respetarla, pues aún cuando las discusiones en casa “–Mamá, tú no te sabes las letras-” con todo y su título de Licenciada en Letras Españolas, empezaron cuando apenas iniciaban párvulos, no es lo mismo hacer valer un derecho, que a veces no se obtiene, a ser grosero.

Y mis hijos han aprendido a respetar y valorar a su Madre siempre, no sólo cuando la sociedad de consumo y la mercadotecnia nos inducen a crearles un día para vender cosas que la Madre ni quiere, ni necesita ni le sirven, cuando lo mejor sería que en todas partes, los hijos respetaran y valoraran a sus madres todos los días, que entendieran que vale más, mucho más un abrazo cuando la tienes cerca o una llamada para hacerle saber que vas bien, que pretender seguir un ritual impuesto por gente extraña.

Hoy, Día de la Madre, a todas las Madres del mundo, que algo les dio Dios que las hace especiales para sus hijos, les envío un muy caluroso abrazo.

Elevo mis oraciones por las Madres que sufren por el hijo preso, por el hijo ausente, por el descarriado, por el enfermo, por el que tiene un dolor, que las Madres preferirían, siempre, sufrirlo ellas que ver a sus hijos sufrirlo.

Por supuesto, de manera especial, a las Madres, que han estado muy cerca de mi vida: Doña Elisa, la Madre de Tina, que siempre está dispuesta a atendernos, sobre todo a mis hijos, que la ven como un puerto seguro y, claro, mi Madre, que sigue siendo la más bonita del mundo, según yo, pues para cada hijo su Madre ¡es la mejor del mundo!

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com