domingo, 5 de mayo de 2013

El traje nuevo del emperador o los juicios orales.





José Manuel Gómez Porchini / México debe salir adelante              

México, el Señor de los Tratados, el país que trata de imitar todo lo que hacen allende nuestras fronteras pero que había respetado la tradición jurídica romanística en que nos hemos desenvuelto, ahora ha enviado a algunos de sus hijos a estudiar al extranjero, específicamente a los países donde existe la Familia Jurídica del Common Law, que se distingue por la oralidad y la falta de codificación suficiente, contrario a lo que en Roma se dio y que ha sido el origen de las formas jurídicas en casi toda Europa, excepción hecha de los países de la Comunidad Británica de Naciones.

         México, nuestra patria, ha usado y privilegiado la forma escrita y la verdad, lo que ha fallado ha sido quien aplique la ley, no la ley en sí misma y, en mi opinión, seguirá fallando el impartidor de justicia mientras sigan existiendo en los juzgados las jornadas extenuantes de más de catorce horas de labores, en tanto se siga permitiendo la existencia de “meritorios” que laboran por años, sin percibir sueldo, a cambio de la promesa de una plaza que nunca ven llegar. Mientras el funcionario judicial deba completar el gasto de su casa con las “extras” que obtenga de los abogados y litigantes, pues de no cooperar con ellos no avanzan los juicios, no podrá haber justicia pronta y expedita.

         No puede ser válido que en aras de buscar una nueva forma de administrar justicia, se permita que sean pisoteados los derechos de los trabajadores de los tribunales, sean de carácter federal o estatal, sean del poder judicial o de los tribunales administrativos que imparten justicia en forma de juicio, sin ser precisamente juzgadores profesionales.

         No es válido que tampoco, que a fin de estar a la par con los países con los que ahora tenemos tratos comerciales, México se vea forzado a cambiar toda su legislación y pretenda introducir, mal traducida y peor aplicada, una forma de impartir justicia ajena a nuestras raíces y formas, una forma que se aparta de lo que se sabe y lo que se ha probado por muchos años funciona.

         Ya he tenido oportunidad de manejar juicios orales. Los laborales, los agrarios y algunos otros, son eminentemente orales. Sin embargo, el juicio de garantías, ahora de defensa de los derechos humanos, siempre ha estado y espero siga estando presente para detener los abusos y yerros de la autoridad. Es decir, por más oral que sea un procedimiento, mediante un juicio de amparo se va a detener para resolver los errores de la autoridad.

         Vienen los juicios orales en las diferentes materias. Me he preguntado si los abogados y litigantes conocen de oratoria, si están preparados para contestar al vuelo un cuestionamiento que los puede dejar sin defensa en juicio, así como aparece en las películas americanas.

         El hecho de que algunos expertos en derecho, que han conocido el sistema americano de litigar, pretendan hacer que todo el país mute sus formas a unas que no podrán cambiarse de tajo, como pretenden hacerlo, habrá de crear una gran confusión en el área legal.

         Claro, quienes se dedican a escribir de derecho, han encontrado un gran filón en pretender demostrar todas las virtudes del nuevo sistema, así como los cortesanos alababan el traje nuevo del emperador, hasta que el inocente niño descubrió la desnudez del personaje.

         Así habrá de quedar al desnudo nuestra forma de administrar justicia, cuando nos topemos con la increíble realidad de que nuestros abogados no saben hablar en público, que no conocen las técnicas del nuevo litigio y que las universidades, esas que preparan “el producto” que requieren las empresas, no tuvieron la precaución, hace años, de cambiar su forma de impartir las clases.

         Ahora, cuando ya es un hecho y una realidad lacerante, de pronto todos queremos aprender litigio oral. Lástima que no existen maestros preparados en el país para enseñarnos a todos. El tiempo siempre se ha vengado de las cosas que se hacen sin su participación.

Vale la pena. Me gustaría conocer su opinión.

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