viernes, 18 de junio de 2010

El Abuelo de mis hijos.

Hoy vengo ante Usted, mi querido lector, a contarle que mis hijos conocieron a su Abuelo Materno, Don Cenobio Garza Martínez, desde el primer día de su existencia, pues siempre lo tuvieron cerca.

Él se estrenó como Abuelo y yo como padre. Recuerdo claramente que cuando nació su primer nieto, José, llegó mi Suegro con una bicicleta de las que usan los muchachos ya grandes diciendo que antes de que nos diéramos cuenta la estaría usando. Además, como que él quería ya verlo grande. Hoy José ya terminó su carrera profesional.

A Daniel y a sus otros nietos de igual manera le fue entregando muchas cosas, siempre con miras a lograr que crecieran y alcanzaran metas nuevas. Sin embargo, José fue el primero y a pesar de que los abuelos quieren a sus nietos por igual, siempre le reservó un lugar muy especial.

Lo que trato de destacar es que siendo regiomontano por nacimiento y habiéndose criado con los usos y costumbres de esta tierra, fue muy desprendido y vasto como el que más, contrario a la imagen que se tiene de la gente de Monterrey, pues mi suegra siempre le decía “para qué traes tanto, si estamos solos” y él respondía: “háblales a los muchachos y reparte lo que traje”.

¿Quería una piña? Compraba una reja con veinte. ¿Se le antojaban lechugas? Un costal. ¿Zanahorias? Una caja de veinte kilos. Y así fue siempre. Muy espléndido.

Trabajó en exceso, como la gente de Monterrey, en la fábrica, hasta que se dio cuenta que podía lograr un poco más estableciendo su propio negocio. Eran los tiempos en que México permitía a sus hijos crecer y desarrollarse, lo que hizo a base de esfuerzos y sin maltratar jamás a nadie.

Su taller de torno fue suficiente para que se diera una buena vida, comida, paseos y para coches nuevos, viajar por casi toda la república y además, para cruzar el charco e irse a Europa, pues visitó algunas capitales y las principales ciudades de la Madre Patria, con su esposa y la menor de sus hijas.

Desde que nos casamos, fue tradicional que los abuelos visitaran a los nietos y de pasada, a nosotros, pero su afán principal eran los niños, hoy ya adultos ambos. Algunas navidades cargaron con todo y fueron a pasarla con nosotros en casa.

Con la cultura que da una educación profesional, de Trabajador Social, destaca entre sus logros que fue de los que participaron en las marchas para lograr que no se cerraran las puertas de esa escuela, hoy facultad, en el seno de nuestra Alma Mater, la Universidad Autónoma de Nuevo León. Su espíritu de servicio lo llevó a colaborar primero y por varios años, en las guardias del Hospital Universitario y luego, fuera de él, en diversas instituciones.

Congruente con su forma de ser y de pensar, participó activamente en las organizaciones de servicios, entre ellos, alcanzó la Presidencia del Club de Leones Monterrey Constitución, A.C. y obvio, acudió a cuanta convención lo invitaron.

Político, pues era gente con cultura e instrucción escolar, participó como liberal en la Gran Logia Masónica del Estado durante muchos años, tantos, que aún en vida le entregaron una medalla por sus 40 años ininterrumpidos de acudir a la Logia. En virtud de su entusiasmo y disciplina mereció que le rindieran un homenaje de cuerpo presente en la Capilla Ardiente con todo el protocolo que la ocasión ameritaba, gesto que la familia de mi esposa aún no acaba de agradecer.

Fue el encargado del “Saco de los Pobres” y me consta, pues lo acompañé varias veces, buscaba gente con problemas para ayudarles a resolverlos. En más de una ocasión escuché que alguien le criticaba en su presencia su desprendimiento y siempre decía: “lo único que te llevas es lo que te comes y lo que te paseas”.

Y sí, es cierto. La vida es tan corta que debe uno tratar de disfrutarla, de pasear, de gozar, de divertirse. ¿Para qué acumular rencores si la gente a quien se los dedicas ni caso te hace? Y Don Cenobio logró que hermanos separados se volvieran a juntar.

Y él se divertía. Trabajaba cuando tenía que hacerlo y lo hacía en toda forma. Como empleado, acumuló antigüedad y luego, al dejar la empresa, siguió cubriendo su seguro social hasta obtener una pensión que le sirvió para cuidar su salud los últimos años de su vida y dejar garantizada a mi suegra. La pensión la entregaba en casa, pero nunca le hizo falta, pues siempre se ganaba un peso más haciendo “chambitas”. En una ocasión le pidieron hacer algo, no recuerdo qué, que dijo que se tardaría tres días pero como era muy especial, el precio era muy alto. Por su nivel de especialización y por la confianza que tenían en su trabajo, se lo pagaron. Todavía recuerdo que cobró por esa “chambita” un poco más que un mes de sueldo del que yo percibía, lo que me hizo pensar que tal vez yo no estaba en la línea correcta.

Sin embargo, es cierto que el nivel de perfección que tenía la gente de antes, como Don Cenobio, implicaba hacer los trabajos bien y a la primera, de tal suerte que todavía días antes de que faltara, le llovían trabajos y siempre tenía dinero en la bolsa, que manejaba con una liberalidad prodigiosa.

Cuando las cosas se hacen bien y por la buena, siempre rinden.

Si Usted, mi querido lector, le pone signo de pesos a lo que hace, nunca le va a rendir. Debe hacer las cosas de tal manera que su trabajo sea el que hable por Usted. Y así vi a Don Cenobio hacer la vida. Entre sus frases, destaca la que dice: “yo no como del sudor ajeno”, que implica que cada peso que él gastaba, era producto del esfuerzo, algo que parece se ha ido perdiendo en nuestra sociedad. Claro, para poder producir, trabajaba y lo hacía desde temprano. Así se acostumbró a hacer las cosas y así terminó su vida: temprano. Murió a las cinco cuarenta de la mañana del seis de septiembre de dos mil nueve.

Y mis hijos eso aprendieron de su Abuelo. Eso vivieron con él.

Los tiempos y la vida nos llevaron a vivir fuera de Monterrey muchos años y un día me ordenaron mi cambio a esta ciudad. Yo pensé comprar una casa y establecerme, pero él había comprado una para su hija junto a la suya y ahí nos fuimos a vivir. Claro, nos dijo que sólo había que pintar y cambiar unas cuantas ventanas y listo, pero la realidad es que la casa se transformó por completo.

Sin embargo, se dio la oportunidad de que mi esposa viera los últimos años de su Padre y que ahora aún siga disfrutando a su Madre. Obvio, mis hijos van con la Abuela y le piden diez pesos para ir con una muchacha o al cine o algo así y ella les da como si fuera el Abuelo.

O bien, van por una tortilla por que no tienen nada que comer y claro, la Abuela les hace un festín.

Mientras tuvieron a su Abuelo, a él le pidieron para completar, claro, después de que en casa conseguían todo, tanto en efectivo como en comida. Lo de allá es sólo “para completar”. ¿Y cómo les digo algo? Son los abuelos…

Hoy, que se va a festejar el Día del Padre, que por primera vez mi esposa no tendrá su Padre y mis hijos al Abuelo que trataron, escribo esta nota.

Vale como un pequeño homenaje al hombre que forjó la familia de mi esposa y que dejó buenos recuerdos en la gente que trató. De hecho, vivió y disfrutó siempre con la paz que da la conciencia limpia.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

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