domingo, 4 de octubre de 2015

Certificación Profesional




José Manuel Gómez Porchini / México debe salir adelante              

Ha sido motivo de grandes debates y de días y noches de desvelo, que a los maestros los sometan a una certificación a la que se han negado por principio y por sistema. Sin embargo, bien visto, certificar a quien cumple una función debería ser lo correcto, lo lógico y lo natural. Por ende, deseable que los funcionarios públicos, incluidos los maestros, deban ser certificados. Para que una norma sea válida y sea aceptada por la sociedad, debe estar revestida de las características propias de la norma: general, universal, abstracta, impersonal y demás.

Es decir, si ha de certificarse a alguien, que sea a los funcionarios públicos. A todos. Y ahora sí, si todos son sometidos al escrutinio de quien tenga facultades para ello, México deberá cambiar.

El problema empieza cuando comencé a preguntar si es válido certificar a los funcionarios. Primeras respuestas: a los poderes judicial y legislativo, no, pues son ajenos… caramba, ¿ajenos a qué? Yo le pregunto a usted: ¿Ha tenido problemas, retrasos, yerros, fallas, en la impartición de justicia? Si usted cree que tenemos los mejores juzgadores, hágalo saber. Si usted cree que la inmensa mayoría de quienes deben resolver los problemas de la sociedad no saben lo que están haciendo, también, hágalo saber.

Es proverbial que se presentan las promociones ante juzgados, juntas y tribunales y cuando no las pierden (─le encargo otra copia de traslado pues no la encontramos…) cometen errores al dictar los acuerdos. Lo puedo decir con conocimiento de causa que en asuntos sin contrario al frente, he debido promover cuatro o más veces para lograr un acuerdo, pues en el juzgado se les queda parte del acuerdo anterior, se les olvida acreditar personalidad, no anotan los datos de la notificación o miles de cosas más que pueden suceder. Para uno, es pérdida de tiempo y muchos corajes. Para ellos… para ellos no pasa nada, pues son “La Autoridad”.

De los diputados que conoce… ¿usted estima que han hecho bien su tarea? ¿Considera que deben ser capacitados para el cargo? ¿Serán buenos para dormir?

Y ahora sí, ya superados los otros dos poderes, vamos con el poder ejecutivo. De presidente de la república o gobernador para abajo. ¿Cree usted que tenemos a los mejores hombres de México en esos cargos? ¿Podría buscarse mejores servidores públicos?

Si usted contesta que sí a cualquiera de las interrogantes anteriores, los funcionarios públicos van a empezar a temblar mucho más que los maestros, pues la inmensa mayoría de los maestros sí saben lo que tienen que hacer, pero ya no aguantan las exigencias del sistema.

Ahora, que a los que siempre piden cosas absurdas del sistema, se les pida que acrediten su capacidad para desempeñar el puesto, más de uno va a renunciar, más de uno va a pedir su separación anticipada pues no conocen lo que deberían ni saben hacer aquello que se supone es su obligación.

Un grupo de legisladores ha pugnado por la certificación de quienes atienden asuntos relacionados con la vida, la honra, la salud y el patrimonio y claro, en su lógica, para ellos es lo mismo a la hora de capacitarse el abogado, el médico, el arquitecto que el masajista, el peluquero y quien pinta las uñas. Cada arte, profesión u oficio es muy digno per se y cada uno tiene sus propias aristas, pero no es válido pretender certificar igual a tan disímbolas profesiones.

Claro, la población y así lo he percibido, pide que primero sean certificados los legisladores que han de resolver el futuro de los mexicanos y así, a bote pronto, preguntan: ¿cómo es posible que La Corcholata vaya a dictar la forma en que debo hacer mi vida?

En los puestos de gobierno, de todo tipo, quedan los amigos y preferidos del gobernante, no los más capaces. El resultado es que la camarilla en el poder dicta las reglas a su modo y a eso nos obligan a todos. Ya no debe ser válido, ya no debe permitirse por la gente que cada gobernante destruya lo hecho antes para hacerlo a su modo.

México ya no está para estar perdiendo tiempo. Se requieren funcionarios que, además de bien intencionados, honestos y con espíritu de servicio, sepan hacer las cosas. De gente buena que no da una estamos hartos, como estamos hartos de bandidos que no hacen nada por la gente y sí por su bolsillo.

Pero usted tiene la última palabra. Opine y será escuchado.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.




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