lunes, 2 de febrero de 2015

Mesa de trabajo y recuerdos




José Manuel Gómez Porchini / México debe salir adelante      

En septiembre de mil novecientos setenta, así, con letra para que no quede duda, ingresamos a la Escuela Secundaria Federal Lic. y Gral. Juan José de la Garza, en mi muy querido Matamoros, Tamaulipas, un grupo de niños de doce años o de once para cumplir doce, con la ilusión de aprender, de crecer en la vida, de ser gente de provecho y muchos sueños más.

El pasado sábado treinta y uno de enero de dos mil quince, apenas cuarenta y cinco años después, tuvimos la oportunidad de reunirnos una parte de aquellos niños en un restaurante de aquí de Monterrey. Faltaron los muchachos de Matamoros, es muy difícil viajar, como faltaron los que están fuera, en otras partes. Tenemos compañeros en Estados Unidos, en San Luis Potosí, en Guadalajara, vamos, hasta en Cancún anda alguno. Así que fuimos unos cuantos, diez para ser exactos, pero creo que estuvieron a punto de sacarnos del restaurante pues parecíamos exactamente los mismos niños de hace apenas cuarenta y tantos años…

¿Te acuerdas cuando a noséquién le pasó esto? ¿Tú estabas cuando al otro le pasó esto otro? Así, de ese tenor eran las preguntas y las respuestas casi siempre fueron carcajadas.

Claro, nos acordamos de los maestros y no sé si el tiempo que todo lo arregla o si nuestra memoria es selectiva pero al paso de los años, el juicio acerca de ellos es maravilloso. Desde el elogio a las maestras de inglés que tuvimos, con excelente dicción y además, guapísimas, hasta el reconocimiento a la sabiduría del maestro de matemáticas, Manuel C. de Gárate Guerrero, a lo que transmitía el Profe. Lupito, que sabía todo de biología pero que además era el papá de uno del salón, hasta la admiración a la Directora, la maestra Martha Rita, que suponemos debe haber salido de un cuartel o algo así para poder lidiar con tanto chamaco. Eso sí, cuando alguno tenía una pena, la misma maestra Martha Rita nos escuchaba y además, la maestra Amparito siempre estaba dispuesta a decirnos corazón. Para un niño de doce-trece años que un adulto ajeno a tus padres te atienda, creo que es la base en la que descansan los profesionistas que ahora somos.

Y empezaron los temas. Yo nada más tomo ocho pastillas al día. Mi nieto está más bonito. A mi hija le ofrecieron un empleo en sabrádiosdónde y cosas así.

Que los chamacos no se casan. Que se casan muy jóvenes. Que no se quieren casar. Que los van a rifar. Que ya tengo edad para ser abuelo pero mis hijos no tienen edad para casarse. Que yo no puedo ser amigo de ustedes que son abuelos, pues yo tengo todavía el corazón joven. En fin, cada uno quería, exigía la atención de los demás y cada uno trataba de complacer a todos. Hermoso, muy hermoso el espectáculo.

Usted que me conoce sabrá que estuve quietecito, observando y tomando apuntes, esperando que alguno cometiera un desliz para contárselo a usted en privado, aquí en estas líneas. Aclaro: ninguno se portó mal. No se pelearon ni se jalaron los cabellos ni se dieron de patadas, todo estuvo muy bien.

Además, algunos nos habíamos visto. Con unos más de cerca que con otros. Pero algunos tenían de no verse desde que salimos de la escuela, en junio de mil novecientos setenta y tres, hace escasos cuarenta y dos años. Les pedí que no se tardaran otro tanto para la siguiente reunión.

Nos despedimos con la promesa de volvernos a ver muy pronto. Ya luego le avisaré la fecha y lugar de la próxima reunión.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.


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