domingo, 18 de mayo de 2014

Tarde de amigos en la Quinta de Marco




José Manuel Gómez Porchini / México debe salir adelante   

A veces, la vida nos regala oportunidades únicas de disfrutarla que nosotros, sabios según la creencia de los humanos pero lerdos y ajenos a las verdades que en realidad son, muchas veces desdeñamos sin querer.

Hace unos días recibí la convocatoria de Marco, compañero de la facultad a reunirnos sin mayor pretexto que convivir los que alguna vez estuvimos juntos en la escuela.

Como yo tengo muchas cosas que hacer y además, como tengo muchas notas que pagar, como diría la canción Cats in the Cradle de Harry Chapin, tengo que seguir trabajando y dije que no creía poder ir. Pero claro, no faltó uno que me retó, me dijo cuantas cosas se le ocurrieron y me pidió que asistiera y bueno, uno es débil y fuimos. Tina, mi cómplice, me acompañó y llegamos a la Quinta de Marco, un espacio que lo único que pretende es ser punto de reunión para jóvenes de ayer. Lo digo porque le quitaron las pendientes, los escalones, las caídas y todo lo que pueda lastimar a quienes como yo, ya sumamos más años que experiencias.

Y entre los jóvenes, aparecieron dos con unas motocicletas tamaño poco más que grande. Yo, que siempre he soñado con irme al camino sin más rumbo que a donde me lleve el viento, disfruté viendo los caballos de acero y ellos, los caballeros que las manejan, contaron sus historias. De cómo se caen, del peso de las motos, lo que cuestan las refacciones y otras cosas. A media plática todas mis ilusiones por la moto habían concluido.

Y estaban las muchachas. Cada una más guapa que las demás y con más ganas de convivir. Por ellas no pasan los años.

El dueño de la Quinta es Marco y también, el anfitrión, bueno, cuando menos de derecho. De hecho, el que acapara todo, absolutamente todo, es mi muy querido Óscar, que sabe asar carne molida, preparar chorizos y hacerle sus papitas asadas a quien ya no puede comer carne. De hecho, se quedó mucha carne en el asador, pues entre la ausencia de dientes, los niveles de colesterol, triglicéridos y esas cosas, muchos dijeron así, como no queriendo: gracias, prefiero algo menos fuerte… y había puré y papilla y a la hora de la bebida, si bien llevaron cantidades industriales de whisky, ron, tequila y unas cosas así como moraditas, sin sabor y sin chiste, de esos licores para compartir uno y nada más, lo cierto es que lo más solicitado fue el refresco solo y también, las botellitas de agua.

Pero en verdad, lo mejor de todo fue el ambiente, el interés que cada uno mostraba por los demás, la ilusión de que los años, más de treinta y cinco, no han hecho mella en nuestros corazones y la amistad de ayer únicamente ha crecido.

Hablamos de todo. De cómo murió uno el otro día, de aquél que ya conquistó todos los honores académicos, del que no ha podido soportar la pena de su divorcio, del que cuenta los días para jubilarse, de los que ya salimos de ese apuro y muchas cosas más.

Me llamó mucho la atención que Nancy platicó que llevó alumnos de su facultad a visitar a niños especiales y más, cuando platicaba con entusiasmo la reacción de los jóvenes para con los niños que los recibieron con tanta ternura. Ahí comentamos que hace falta que más de nuestros jóvenes conozcan de cerca la vida de quienes luchan todos los días por alcanzar lo que a ellos les ha sido dado de manera gratuita. Es la mejor forma de hacerlos entender cuántos dones son los que disfrutan y el verdadero valor de lo que tienen.

Y claro, van apareciendo los que no se habían integrado, como MAGO a quien no volví a ver desde que dejamos la facultad, allá por el lejano 1981 y que, sabiendo yo quien era él, me le acerqué y le hice esa pregunta que tanto molesta: ¿Te acuerdas de mí? Su respuesta fue franca: No. Acto seguido le dije: soy Gómez Porchini, de Matamoros y créame, le dio verdadero gusto, como a mí. Siguieron los abrazos y actualizar las vidas. Y como dijo Rabindranath Tagore: si al final del día me encuentras y ves mis cicatrices, sabrás que me herí y me he curado. Todos llevamos las cicatrices de la vida, unas más dolorosas que otros pero teníamos algo en común: estamos vivos, así que disfrutamos casi como si no hubieran pasado los años.

Hoy, un día después, creo que me duele todo pero el gusto de ayer valió la pena.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

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