domingo, 23 de septiembre de 2012

Amigos más que hermanos.




Hoy voy a narrar parte de la historia de mi papá, Carlos Gómez Sánchez, y de mi mamá, María Guadalupe Porchini Galván, ambos de Cd. Victoria, Tamaulipas y que por esas cosas del destino fueron a vivir, recién casados, a la Ciudad de México, específicamente a Milpa Alta, la Delegación Rural del Distrito Federal.

Mi papá aún era estudiante de leyes y ya ocupaba el puesto de Delegado político, cuando ese nombramiento vestía y daba lustre y no como ahora, que sirve para hacerse millonario en un momento.

Los compañeros de escuela de mi papá, pues aún no terminaba su segunda carrera, ya que la de Profesor de Educación Primaria la había terminado e incluso ejerció como Director de Primaria Federal en Jiménez, Tamaulipas, iban a Milpa Alta pues todos eran amigos del delegado. Muchos años después, mi papá me decía los privilegios que podría tener en varias casas, precisamente en las de aquellos que tuvieron privilegios con él.

Se casaron, llegó mi mamá y siguieron teniendo muchos amigos. Entre ellos, estaban los que llamaban “Los Chatos”, Alonso y Ortega, que por siempre siguieron distinguiendo a mis padres con su amistad. Claro, Girón, Aranda, Molina y muchos más. Todos los de la generación de la facultad de leyes de la UNAM en la que tuvieron el placer de coincidir.

Cambiaron los tiempos, cambiaron domicilios y cada quien hizo la vida como logró hacerlo, pero siempre, con una amistad por encima de todo tipo de situaciones.

Mi madre empezó sus estudios profesionales en San Luis Potosí y los terminó en Monterrey, capital del industrioso estado de Nuevo León, donde hoy resido y donde conseguí esposa, que ha sido mi compañera de vida, mi amiga y mi todo, en toda la extensión de la palabra.

Acá, en este Monterrey tan caluroso, mi madre terminó su carrera de Químico Fármaco Biólogo, en 1950, cuando no era bien visto que las mujeres estudiaran y menos aún, carreras casi exclusivas para hombres. Con todo y eso, había varias mujeres en el grupo y de entre ellas, María Isabel García Salinas, mi Tía Chabe, siempre se distinguió por el afecto que las unió.

Y la vida siguió y faltó mi papá cuando nos hacía mucha falta, pues yo tenía 24 años, como me sigue haciendo falta aún a pesar de que cada día parece que cumplo un año más.

Una vez, cuando estuve muy enfermo, mi Tía Chabe me recibió en su casa y ahí pasé mi convalecencia. Claro, Tina, que todavía era mi novia y mi madre estuvieron conmigo, pero en casa de Tía Chabe.

Pero la vida la hicimos, mis hermanos y yo, siempre arropados por los amigos de la vida, por quienes vieron los esfuerzos de Carlos y Lupita y que nos siguieron atendiendo a pesar de que mi padre ya no está físicamente con nosotros.

Hace unos días, mis hermanas, que por cierto parece que no entienden que no todo se puede hacer, decidieron organizar una reunión en Matamoros, Tamaulipas, la tierra a donde llegamos como familia a mediados de los sesentas y donde mi padre quedó para siempre, ahí donde reside aún mi mamá y comparte la vida con sus amigas.

La fiesta… ¿qué puedo decirle? Para empezar, para mí, representó viaje, pues como radico en Monterrey implica dejar los afanes cotidianos, pagar gasolina, casetas, hotel, comidas y todo lo que implica moverse con cuatro de familia, ya todos grandes, pues nuestros hijos andan en 21 y 24 años.

Llegamos a la hora en que estábamos citados y empezamos a saludar a mucha gente a la que hacía años no veíamos. A Avice Hallam, compañera de primaria de mi mamá, hermosa como siempre y a quien por siempre he de agradecerle los cuidados que tuvo conmigo; a la vecina de toda la vida, la Sra. Juanita; a nuestro amigo, compañero de Carlos y amigo de todos, Beto Ríos, que siempre ha estado cerca de nosotros y mucha gente más. Fue un verdadero agasajo el poder compartir el pan y la sal con todos y cada uno de los presentes.

Hace muchos, muchos años, recuerdo que Manuel y Vicky llevaban a la casa a su niño, Rodrigo, para que mi mamá lo cuidara. Aún estaba papá y lo conoció. Ahora lo vi, ya convertido en un padre de familia, con sus hijos y acompañando a mi madre y a todos los Gómez Porchini.

A la hora de la cena alguien pidió que tocara mi Tío Jorge Alonso y claro que lo hizo, con esa destreza y habilidad que siempre lo ha caracterizado. Lo acompañó al micrófono, cantando, Chabelita, mi Tía Chabe, la que hace poco lanzó su primer disco apenas a los ochenta y tantitos años.

Si los muchachos de más de ochenta cantan, tocan, bailan, viajan para acompañar a los amigos, más que hermanos de toda la vida, como lo hizo también el Chato Ortega, a nosotros nos queda el compromiso de honrar esa amistad. Nos corresponde hacerla que perdure y se prolongue en los tiempos y las familias. De ahí nace la obligación moral de atender siempre al amigo y al hijo del amigo.

Vale la pena.

Me gustaría conocer su opinión.

José Manuel Gómez Porchini.
Director General
Calmécac Asesores Profesionales S.C.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com 

jueves, 13 de septiembre de 2012

El valor del sacrificio.





Como ha venido siendo costumbre, primero se debe definir el tema a tratar y en la especie, hoy me refiero a la palabra sacrificio, su significado y alcances.

Encontré, en la Real Academia, que las definiciones tienen mucho que ver con los rituales de la iglesia y, por ejemplo, dicen que significa “ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación”. También, que es el “Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino en honor de su Eterno Padre” y luego, se refiere a la matanza de animales, especialmente para consumo y a la matanza de personas, en una guerra o por una determinada causa.

Sin embargo, la definición que más me atrajo es la que aparece con el número 7 y que dice: “Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”.

Ese es el sentido que me gustaría dar a la nota que hoy pongo en sus manos, sentido que ojalá logre hacerle llegar.

Sacrificio es el desprendimiento de una madre a favor de sus hijos, cuando se quita el pan de la boca para darlo sin restricción, como sacrificio es que el padre permanezca por horas en el centro de trabajo, con tal de ganar un peso más que le servirá para comprar el regalo que el hijo quiere. Sacrificio también es cuando alguien se desprende de lo que quiere con tal de hacer que el otro tenga al menos, un momento de gozo.

El sacrificio es, por tanto, un acto de amor que se demuestra de mil formas. El estudiante que se queda largas jornadas frente a los libros, buscando la manera de acrecentar sus conocimientos sin tomar en consideración que es fin de semana o día de fiesta o cosas así, hace un sacrificio, de su propia persona, por amor a quienes le costean sus estudios y también, por amor a sí mismo.

Sacrificio es también, levantarse a muy temprana hora en la mañana a fin de hacer horas y horas de ejercicio para poder participar en las competencias que le interesan, como también, quedar sujeto a los golpes que pueden lastimar al deportista.

De hecho, esta nota nace de una plática en redes sociales con un alumno a quien lastimaron en un partido y anunció, lo tengo muy presente: ¡ya puedo caminar de nuevo! Le pregunté que si valía la pena poner en riesgo la integridad física definitivamente por un juego y su respuesta, que fue una nueva pregunta, me llamó la atención: ¿Vale la pena seguir a tu corazón y morir sin quedarse sin ganas de haber hecho algo en tu vida? Incluso, me comentó que lo lastimaron en un partido de futbol americano, un golpe dado con mala intención por parte de un contrario.

Para él, joven y con mucho empuje, no es válido morir sin haber hecho el intento. Es decir, propone que debe seguirse el dictado del corazón para hacer lo que se desea.

Ahí es donde encaja el sacrificio. ¿Es válido sacrificar una carrera, una vida a futuro por un juego mal manejado? ¿Es correcto perder todo por un momento de felicidad?

O por el contrario, ¿ha de sacrificarse la emoción de vivir por guardar las formas?

¿Hasta dónde ha de sacrificarse la vida en aras de brindar a los suyos la tranquilidad que deben merecer?

Ojalá me ayude a despejar la duda.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Director General
Calmécac Asesores Profesionales S.C.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com 

domingo, 26 de agosto de 2012

La importancia del Secretario de Acuerdos




Ha habido cambios de forma y de fondo en la manera de administrar la justicia en Nuevo León. Han cambiado los edificios y el mobiliario, como ha modificado su rostro el personal humano que ahí labora.

Hace unos días tuve que comparecer a una audiencia confesional a cargo de la parte contraria en un asunto, uno de esos asuntos a los que los abogados vamos casi con gusto, pues son el pan de todos los días, aún cuando para los litigantes, es decir, para quienes son los dueños de las penas y los centavos en juego, sea lo más importante.

Me llamó la atención sobremanera el desempeño realizado por el Secretario de Acuerdos del Juzgado que dirigió la Audiencia y de eso quiero hoy comentar con usted.

Primero, el local donde habría de celebrarse la Audiencia. La Sala de Audiencias, dijeron. Y allá fuimos. Antes las audiencias, cuando había, eran en un rincón del juzgado, entre alteros de expedientes, archiveros desvencijados y restos de tortas de huevo con chorizo. Hoy, la Sala de Audiencias merece el nombre con mayúsculas.

Siguió la audiencia. La C. Juez se presentó, realizó las formalidades de ley y presentó al C. Secretario, de quien dijo que habría de conducir la audiencia. Segundo cambio. El Secretario, con voz muy modulada, pero con firme entonación, dijo lo que habría de hacerse y nosotros, los abogados participantes, acatamos sus instrucciones. No dio oportunidad de otra cosa.

Terminada la etapa normal, vinieron las preguntas adicionales. Yo formulé lo que a mi derecho convino y el C. Secretario, muy propio, anunció que habría de ser la C. Juez quien calificaría de legales o no, las posiciones formuladas. Créame que por eso ya no seguí formulando más. Tercer cambio. Son reales las calificaciones y la postura del Secretario.

Al terminar la audiencia, cuando ya no restaba más que firmar, felicité al C. Secretario por su manera de conducirse, por la propiedad de su manejo, por la sobriedad de sus términos.

Es más, déjeme decirle a usted, querido lector, que mientras un propio acudía ante la C. Juez a que se calificaran las posiciones adicionales, los participantes en la audiencia comentamos diversas generalidades, para pasar el rato. ¿Y el C. Secretario? Muy formal, sin comentario alguno, hasta que volvió el documento que ordenó, con voz suave, baja, modulada pero de manera imperativa que se guardara silencio. ¡Ni en la escuela se obtiene ese nivel de atención!

Cierto, el Poder Judicial tiene muchas fallas. Sus dirigentes son humanos y por ende, perfectibles. Pero me atrevo a asegurar que mientras existan jóvenes que confíen en el Derecho y traten de hacerlo crecer, como el C. Secretario de Acuerdos, que le dan valor al puesto, habrá una esperanza.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Director General
Calmécac Asesores Profesionales S.C.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com 

domingo, 19 de agosto de 2012

De los cambios a la ley laboral




Cada día, desde hace dos o tres sexenios, he escuchado que ahora sí, habrá cambios en la legislación laboral, que ahora sí, vienen la flexibilización y cosas mucho más interesantes.

Y por supuesto, me he quedado con las ganas de saber a qué se refieren los que anuncian los cambios, pues tanto usted como yo, mi querido lector, sabemos perfectamente que no ha surgido cambio alguno que beneficie a los obreros en los últimos años.

De hecho, debo confesar mi tristeza pues hace días tuve oportunidad de conocer a un joven profesionista, con estudios en las mejores escuelas, con un trabajo de esos que te hacen sentir que el mundo es tuyo, que me empezó a cuestionar en cuanto a lo que debe hacerse con los trabajadores en general y más, con los obreros de bajo salario.

Yo defiendo que la expresión “salario decente” que ha tratado de manejar la Organización Internacional del Trabajo, la O.I.T. por sus siglas, debe ir mucho más allá, al grado que debe pugnarse por que el obrero y en general, los empleados todos, tengan como salario una cantidad que les permita tener una forma de vida “decente”, entendiendo por decente la primera definición que nos brinda el diccionario de la Real Academia Española: Honesto, justo, debido.

Es decir, el salario debe ser honesto, lo que significa que el patrón pague lo que realmente merezca el trabajo recibido, no más, de ninguna manera, pero no menos, como suele hacerse. Que sea con decoro, razonable, con probidad.

El salario debe ser justo, entendiendo por justicia dar a cada quien lo que le corresponda.

El salario debe ser debido, es decir, como corresponde o es lícito.

Todas las definiciones son de la Real Academia y las utilizo para tratar de dar el sentido exacto a las palabras que quiero decir, a lo que quiero expresar.

Y si la propia O.I.T. ha pugnado por otorgarle esas características al salario, cómo es que yo voy a consentir que un joven mexicano, con elevados estudios y con una sólida formación académica, estime correcto que no cobren Reparto de Utilidades, que busque la forma de escatimarle al trabajador los escasos derechos con que cuenta.

Y ahí es donde está el temor que siento ante los posibles cambios a la ley laboral. Es cierto que como está, así de proteccionista, lo que realmente logra es dejar totalmente desprotegido al trabajador, pues de tanto arroparlo, asfixia al patrón y vuelve nulas las posibilidades de generar empleos.

La ley laboral tiene errores, cierto, y los funcionarios que la aplican buscan la forma de lograr su mayor beneficio de esos yerros. Los abogados laboralistas, muchas veces lo que hacen es obtener ganancias a río revuelto, pues en el mar de prestaciones a demandar, a veces se cuela alguna que no correspondía, pero si procede la demanda, se cobra todo… como si el patrón debiera ser experto en lidiar con juicios y abogados y esas cosas.

Lo que debe hacerse, es buscar la forma de permitir que la gente obtenga los medios para satisfacer sus necesidades: tanto patrón como empleados, pues de seguir buscando la manera de enfrentarlos como si realmente fueran enemigos, lo único que habrá de lograrse es desmantelar el aparato productivo del país.

Que el costo de tener un empleado, no sea mayor que el costo del propio empleado. Que la legislación no obligue al patrón a buscar la manera de no pagar, pagar poco o de plano, pagar tarde, pues así, seguirá el actual estado de cosas sin solución.

Lo que ha de lograrse, es el consenso para que todos, sin excepción tengan derecho a las protecciones y privilegios de ley, pero sin cargarle el peso del costo al patrón, que también necesita ayuda para salir adelante.

Una fórmula que debe utilizarse, es permitiendo que las contrataciones tengan una cuota fija para el pago de la seguridad social, no los sistemas que actualmente obligan a todos a buscar la forma de eludirlos, con la consecuente violación de derechos laborales y el fraude gigantesco a la seguridad social que a diario se produce, precisamente por las políticas gubernamentales que a eso orilla.

Así, el patrón tendría la certeza de que actúa conforme a derecho y el obrero, la tranquilidad de saberse protegido por la seguridad social.

Y también, debe ampliarse el beneficio de tener derecho a clínica y a pensión, a quienes no tengan un empleo formal o un patrón establecido que los inscriba en uno de los múltiples sistemas de seguridad social que coexisten en nuestro país.

Y la forma de lograrlo es tan fácil, tan sencilla, que hasta pareciera que la negativa de la autoridad a utilizar el proyecto que usted conoce, tiene su origen o en la ignorancia del tema o en lo mezquino de sus sentimientos.

Ahí es donde entra la tristeza a que me he referido. ¿Cómo puede un mexicano estimar correcto que se birle el derecho del desprotegido?

¿Cómo puede alguien considerar que es válido realizar maniobras con tintes legales, para permitir los fraudes al trabajador y más aún, a la seguridad social toda?

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Director General
Calmécac Asesores Profesionales S.C.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com 


domingo, 12 de agosto de 2012

Definiciones de Derecho Laboral.



Hace tiempo he venido manejando la idea de que trabajo y empleo no son sinónimos y he logrado que, al menos uno, ya haya escrito del tema en el mismo sentido. En efecto, trabajo implica esfuerzo físico y empleo, la dependencia de alguien que paga por nuestro tiempo y, en algunos casos, por nuestro esfuerzo.

De ahí que ahora que trato de explicar la definición de derecho del trabajo o derecho laboral, me tope de inmediato con el problema ya dicho: no son sinónimos y no es correcto que en México la ley se denomine Ley Federal del Trabajo cuando lo que en realidad regula son los empleos.

Por tanto y solamente para efectos de contar con una definición de la materia a estudio, habremos de decir que es el conjunto de normas de derecho que se ocupan de las relaciones derivadas de la prestación de un servicio personal subordinado, a cambio de un salario, así como de todo lo que concierne a la realización de la justicia social y equidad, en cuanto tenga su origen en la relación laboral, conservando la dignidad de las personas y procurando obtener un salario decente y seguridad social para todos.

Por supuesto que no pretendo en modo alguno ni igualar ni mucho menos superar lo que grandes tratadistas de la materia han expresado, entre ellos, el Dr. Néstor de Buen Lozano y muchos más.

Ahora bien, si ya contamos con una suerte de definición, trataremos de analizar el contenido de la definición propuesta en cada una de sus partes, en especial, en aquello que resulta ajeno a quien es profano en la materia.

Por cuestión de orden, diremos que son normas de derecho en cuanto que el poder público en su esfera de influencia y las partes en el mundo laboral, es decir, patrones o sindicatos de patrones y trabajadores o sindicatos de trabajadores, han venido confeccionando y dando vida a las disposiciones que con carácter general, abstracto, impersonal y todos los demás atributos de las normas jurídicas, rigen en las relaciones laborales. En efecto, no es necesario que sea una ley, como la ley federal del trabajo la que establezca alguna condición o requisito especial, pues tanto los contratos colectivos de trabajo como los reglamentos internos y demás regulación nacida al interior de las empresas, adquiere el carácter de obligatoria por la voluntad de las partes.

El servicio personal, implica que sólo quien ha de desempeñar las funciones, es sujeto de derechos y obligaciones con respecto al patrón y éste, a su vez, por esa misma razón tiene para con el obrero toda suerte de compromisos.

La subordinación implica que el tiempo que el trabajador o empleado está a disposición del patrón, le debe obediencia y lealtad, que son figuras que sólo en el derecho laboral aparecen como obligación.

En efecto, la teoría general de las obligaciones establece los tres tipos de obligaciones que recogen nuestros códigos y la legislación vigente: de dar, de hacer y de no hacer. Empero, en tratándose de la materia laboral el patrón tiene la obligación de tolerar o permitir y los obreros la obligación de lealtad y la de obediencia, lo que en ninguna otra parte encontramos así de claras.

El salario es la retribución que se cubre al obrero por el servicio personal que presta al patrón. Debe ser, conforme lo maneja la Organización Internacional del Trabajo, de tal manera que sea un salario decente, que brinde al obrero la posibilidad de vivir, con su salario, cubriendo los satisfactores de vida que requiere.

La seguridad social es una función que pertenece al Estado y que, por ende, a éste corresponde otorgarla. Ha de ser de tal manera que con independencia de la relación laboral formal, de los empleos desempeñados y de las situaciones de vida de las personas, el derecho sea extensivo para la totalidad de la población, mediante los mecanismos que constitucional y legalmente se implementen.

El Derecho Laboral, Derecho del Trabajo, Derecho Obrero o como se le denomine, guarda una íntima conexión con la mayoría del derecho positivo, en cuanto que sus relaciones abarcan, desde su fundamento en el derecho constitucional, hasta su control y vigilancia por el derecho administrativo y su cumplimiento forzoso mediante las prevenciones de orden penal que el Código Obrero contempla.

El derecho que tutela al empleado o trabajador, va hasta cubrir todo lo que aparezca regulado a favor del obrero, considerando además, que si es un derecho para el trabajador, la propia legislación vigente establece que la carga procesal en para el empleador.

Ergo, se estima que el alcance de la reglamentación laboral en cuanto a la prestación subordinada de servicios llega exactamente a los límites que algún día quiso establecer el legislador.

Por ello, el derecho laboral o derecho del trabajo, como más comúnmente se le conoce, guarda estrechas relaciones con las demás ramas del Derecho interno y externo, pues ha de pugnar por la propia salud laboral del obrero, vigilando siempre que lo que alguna ley dispersa establezca y pueda utilizarse en beneficio del empleador, así ha de hacerse.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena

José Manuel Gómez Porchini.